Blogia

blognovelpol

La solución por Pedro Avilés

El mismo día que tocó fondo llegó la catarsis. Los mocos cayendo sobre su labio superior en la oscuridad de su cuarto, las persianas echadas dejando pasar un triste haz de luz gris, sin fuerza, a través de un pequeño roto, sus cosas en la penumbra. Sus cosas. Sus cuadernos repletos de vivencias. Treinta años. El olor insano de su propio cuerpo sin asear durante más de un mes. El hedor de los restos de comida que había comprado con el dinero del paro y que venía de la salita de la televisión; hasta que dejó de comer. Y de repente lo vio muy claro, como si en ese momento hubiese pasado un ángel a su lado y se hubiera quedado allí, sentado sobre el pequeño escritorio repleto de papeles con sus apuntes, quieto, mirándole con dulzura; la solución. Como si el ángel en cuestión le hubiera llevado a su padre: si alguna vez tienes que abusar de alguien, hijo, que sea de los que abusan de los demás  ¡Eso era!  Y el ángel le sonreía, una mano sobre el hombro de su padre, avalando sus palabras con su mirada complaciente. Santificándolas. Salió a la calle y comenzó a matarles.

Bestias por Jesús Lens

Sí, cabrón, sí. Vas a sufrir. Ya te digo si vas a sufrir. Vas a tener una muerte lenta y dolorosa. Justo la muerte que te mereces, ¿no crees? No. No me mires con esos ojos de cordero degollado. ¿Sabes lo que me has costado, hijo de puta? No. Tú que coño vas a saber. A ti te la suda. Pues hasta aquí has llegado. Ya no vas a tener oportunidad de resarcirte ni de demostrar esas grandes virtudes y aptitudes que, según todos, se te veían a la legua. Hijo de perra, jodido mil leches de mierda…

 

¿Sabes lo que pagué por ti? ¿Sabes lo que me costó arreglarte los papeles y que aquél cortijero de Soria no te reclamase como suyo? Y lo que, después, he invertido en ti. Cómo te he cuidado, cómo te he dado las mejores comidas, los medicamentos más potentes… cabrón desagradecido. Y total, ¿para qué?

 

Para acabar ahorcado, colgado de la rama de un árbol, como tantos otros galgos fracasados que nunca han entendido para qué les dispensamos lo mejores mimos y entrenamientos… Llegar antes que llegar después, llegar el primero que llegar el último, os la trae floja, ¿verdad? Chuchos de mierda.

 

Entrevista a los editores de Salto de Página

Entrevista a los editores de Salto de Página

- Chamamé, premio Hammett de la Semana Negra, y Camino de ida, premio Silverio Cañada, ¿se esperaban este éxito en la última Semana Negra de Gijón?

 

Desde luego, no nos esperábamos una acogida tan extraordinaria: se trata nada menos que de los premios más relevantes del ámbito de la literatura negra escrita en castellano. Y para nosotros, entonces con año y pico de andadura, el simple hecho de tener dos autores como respectivos finalistas (y compitiendo con autores de la talla de Juan Ramón Biedma, Juana Salabert, Juan Madrid…) representaba ya todo un éxito y un gran estímulo. Sin embargo, también teníamos mucha confianza en la calidad de ambas novelas, y siempre pensamos que eran serias candidatas.

 

- Para unos editores jóvenes como vosotros, ¿qué significan los festivales como el de Gijón, el próximo de Getafe o el ya clásico también de Barcelona Negra?

 

Pues tal y como funciona la industria editorial, estos festivales constituyen un espacio de inestimable valor para los editores independientes. Son puntos de encuentro de autores, lectores, editores y libreros que compensan un poquito esta lucha bastante desigual por la visibilidad y la atención. Sin ellos, y sin el esfuerzo a veces extraordinario de tantísima gente que los mantiene vivos, estaríamos todos un poco más solos.

 

- ¿Cuáles son las características que buscáis en vuestra línea editorial?

 

Queremos pensar que la calidad literaria es, más que un rasgo del sello, un requisito previo. Todos sabemos que se publica mucho, y las editoriales que eligen cuidadosamente su catálogo son las que pueden ofrecer un asidero en esa sobreabundancia de títulos y ganarse así la simpatía del lector. E inmediatamente después diríamos que lo que entendemos por calidad literaria nada tiene que ver con un críptico ejercicio de estilo para minorías académicas, sino con el antiguo placer de sumergirse en un relato bien contado. Es por eso que algunos géneros «populares», a menudo considerados literatura de evasión o devaluados por cierta crítica —como la novela negra o la ciencia ficción—, encuentran buen acomodo en nuestro catálogo. En tercer lugar, y esto es algo que sí quisiéramos reivindicar como seña de identidad de Salto de Página, nuestra intención es que buena parte del catálogo apueste por autores emergentes y descubra al lector nuevos valores, tanto españoles como sudamericanos, porque ésta es sin duda la tarea más valiosa a largo plazo que desde hace tiempo desempeñamos algunas editoriales independientes.

 

- Después del éxito obtenido en el inicio de vuestra carrera editorial, ¿cuáles son vuestros planes de futuro, seguiréis editando novela negra con asiduidad?

 

Nos gustaría abrir el catálogo a la narrativa breve, en la que acabamos de estrenarnos con el libro de Jon Bilbao Como una historia de terror. Y desde luego, seguiremos publicando novela negra: sin ir más lejos, nuestro próximo título es A timba abierta de Óscar Urra, una novela policial ambientada en al Madrid más castizo y protagonizada por un detective ludópata, alcohólico y con tendencias suicidas…

 

- Ahora una doble pregunta comprometida: ¿qué autor actual os gustaría fichar para Salto de Página? Y ¿qué novela os hubiera gustado publicar?

 

Ningún compromiso. ¿Un autor actual? Pues sí: Juan Ramón Biedma, que compartió el Hammett con Leonardo y escribe unas novelas terriblemente adictivas, de las que quitan el sueño. ¿Una que nos hubiera gustado publicar? El año del desierto, de Pedro Mairal; una novela fascinante, aún inédita en España, y otra prueba más del talento de las nuevas generaciones de narradores argentinos.

 

- Y la última, recomendadnos por favor una novela actual y un autor clásico.

 

Una novela actual: El sindicato de policía yiddish, de Michael Chabon.

Un clásico: Chester Himes.

.....

Por José Ramón Gómez

Infarto Intencional por Mónica Sacco

— Cuando llegué del mercado, lo encontré así— sollozó la mujer.

Estaba lleno de uniformados. Un gordo con guantes de látex revisaba los frascos de medicamentos. Otro, de civil, examinaba el cuerpo desparramado en un charco de orina.

— Causa aparente: infarto masivo de miocardio — sentenció el de civil — No creo que la autopsia diga mucho más.

Se llevaron la bolsa negra. El gordo se sacó los guantes y se acercó a la mujer, que bajó el volumen del televisor para no escuchar la repetición de los goles.

— ¿Era fanático del fútbol?

— Uh, sí…

— Y del boxeo.

La mujer enrojeció y la marca en la mandíbula se le puso morada.

— ¿Cuánto hace que sufría del corazón?

— Un año. Yo le daba los medicamentos como me dijo el médico…

— Ud. se los daba…

— Él se olvidaba, así que…

El gordo abrió el frasco de betabloqueante y se tragó diez comprimidos de un tirón. La mujer abrió enormes los ojos y se tapó la boca.

— El animal te cagaba a palos — la tuteó en voz baja.

— Toda la vida — ella murmuró amargada.

— Tirá la sacarina a la mierda y poné de nuevo el betabloqueante. A ver si encima vas en cana por homicidio premeditado.

El Canguro por Gregorio Toribio

Se dirigió hacia él. Con manos sudorosas fue aproximándose poco a poco, para no despertar la mínima sospecha. Su mirada, firme, se clavó sobre su cuello. No sabía por qué pero tenía que hacerlo. En su mano derecha, George empuñaba un afilado machete. Estaba ya muy cerca e iba a responder a esa interna llamada. ¡Mátalo, mátalo, mátalo…! Pero, ¿por qué? Sólo era un niño que jugaba con un pequeño canguro de peluche gris, con un lacito rojo.

Amelie, la vecina del piso superior, le había pedido que se quedara con su pequeño mientras se acercaba a la panadería de la esquina. George, amable como siempre, se ofreció encantado. Ahora estaba allí, a sus espaldas, a solas con él.

No necesitó más de un minuto para segar una vida. Clavó el anacarado machete con una frialdad de mente asesina. El brillante metal penetró con una facilidad pasmosa. ¿Por qué lo he hecho? Se repetía George sin cesar. 

De repente, despertó. Había sido un mal sueño. Se dirigió a la cocina, abrió la nevera y sacó un refresco para humedecer su seca boca. Al fondo, en el suelo, había un pequeño canguro de peluche gris, con un lacito rojo.

 

Un televisor vestido de sangre por Agustín González eltercero

Habían transcurrido varios días desde la última vez que habló con el Polaco. Los nervios le devoraban, como insectos correteando por debajo de la piel, encerrado en ese apartamento de las afueras donde lo crió a golpes su padre, sin contestar al teléfono, viendo la televisión con los auriculares puestos, a oscuras, entre paredes cubiertas de fotografías viejas y carteles arrugados, con las persianas echadas, precintando el aire y la luz. Cuando vio en el telediario de la noche el rostro sin vida del Polaco, aquella cara devastada entre las ruinas negras de un coche, adivinó la cercanía del sufrimiento, la proximidad del dolor, un dolor sin nombre. Unas horas después, bien entrada la madrugada, el timbre de la puerta comenzó a sonar sin interrupción, exagerado y ansioso. No necesitó pensar nada, el miedo iba por libre. Con la misma precisión con que sus manos abrían una caja fuerte después de deletrear el rumor de la combinación a través del metal, cogió la pistola y se disparó un tiro en el cuello. Los policías derribaron la puerta con estrépito. Encontraron un cuerpo sin vida y un televisor vestido de sangre. "Hemos perdido al testigo", dijo por teléfono el inspector jefe.

Pensando demasiado por Emma Infante

Me costaba ocultar la sonrisa. El funeral había estado plagado de lugares comunes y sólo mi camisa roja, victoriosa, acompañaba la bandera que cubría el féretro. La caja de madera lucía dos banderas: la nacional y otra del grupo Rock Metallica. No se puede usar el amarillo. Da mala suerte en las interpretaciones y aquel día yo estaba ganándome un Oscar.

Los demás asistentes habrían satisfecho, con el luto riguroso, el gusto del difunto y aliviado a los desconsolados padres. Rebeldía y tradición se encontraron en aquella Iglesia. Pero también acudió la paz, para reinar por fin, más allá de los muros del templo.

La muerte del hijo de la vecina no había sido casual. Era una muerte ganada a pulso, aunque fuese un cobarde. En algún lugar del depósito de la policía científica guardaban el CD de música satánica que le hizo estallar el cerebro. Las largas investigaciones a través de Internet habían dado sus frutos. La participación en foros exclusivos para Heavy radicales había sido productiva. En el momento en que en el respondí al cartero a través del telefonillo supe que el silencio estaba muy cerca:

-¿Un paquete certificado?

-Sí, le abro, pero es la otra puerta.



Edipo porteño por El Cachafaz

Éramos felices hasta que apareció esa vieja que hablaba de desaparecidos. Está loca, dijo Mercedes. Contáme, le pedí. Qué querés que te cuente, me gritó. ¿Cómo me torturaron, cómo me violaron, cómo mataron a la gente que yo quería, familia, amigos? Dejáme en paz, pendejo. Cuando se enojaba me gritaba “pendejo”, enrostrándome los veinte años que me llevaba.  No me importaba, yo la quería lo mismo.. Un día la vieja me paró por la calle y me mostró las fotos. Se me encogió el estómago. La vieja me miraba con la ilusión de los locos en la mirada perdida. La duda empezó a comerme las tripas. ¿Qué podía hacer? Fui y lo hice. El ADN. Fui con la vieja. Yo era el nieto.

Se lo conté a Mercedes y se puso como loca. Fue a buscar a la vieja y le metió cinco tiros. Después volvió a casa a esperarme. Creí que me iba a matar a mí también. Me pidió que lo perdonara, que le habían mentido diciéndole que yo había nacido muerto de tanta picana que le habían metido. Después se metió el revólver en la boca y disparó. Y yo quedé viudo y huérfano al mismo tiempo.

 

Riesgos por Juan Ignacio Colil Abricot

El aviso era breve, pero provocaba impacto. Eso me  decían mis clientes. Y eso me dijo también él. A mí no me gustaba conversar más de lo necesario.  Lo  amarré,  lo amordacé y comencé a azotarlo. Le dejé una gruesa marca en sus muslos y en la espalda. Gritaba y mientras más gritaba más lo golpeaba.  A ratos yo misma me desconocía. Después nos fumamos un cigarro y se fue. Volvía todos los meses y siempre me pedía más. No fue mi culpa. Sus movimientos los encontré demasiado dramáticos. Luego se quedó inmóvil, ausente.  Me vestí, recogí mis cosas y  le pedí a un amigo que lo llevara lejos. Él lo hubiese entendido, pero nadie más lograría comprender esa extraña forma de amarse entre las personas.  Esperé durante algunos días  que la notica apareciera en algún diario, pero no sucedió nada. Durante algunas noches tuve miedo.  Volví con mi novio que siempre estaba dispuesto a recibirme. Una tarde mientras  comíamos en la televisión dijeron que luego de una larga búsqueda había aparecido sin vida el cuerpo de un tal “Jefe Juan”. Era conocido por liderar una poderosa banda de narcos. No tuve que escuchar más para saber que estaba condenada.

Siempre quise bailar como el negro de Boney M. de José Luis Romero

Siempre quise bailar como el negro de Boney M. de José Luis Romero

Madrid difícilmente tendrá una novela como ésta. Para escribir un libro así hay que amar a una ciudad o por lo menos lo que ha sido o fue. En la novela negra actual tan solo David Torres o Antonio Jiménez Barca hicieron algo parecido con sus barrios madrileños, algo más individual y mucho más particular, en cambio quizás si que nos faltarían dedos en las manos para contar los autores barceloneses que desde una u otra perspectiva han añorado con distinta nostalgia los prodigios de aquella ciudad. Si empezamos a nombrar no pararíamos, desde el Moriel-Ledesma más clásico a Empar Fernández, todos y cada uno de ellos con atribulada pericia narrativa nos han hecho redescubrir una ciudad tan llena de peligros como encantos. ¿Será esto nacionalismo? No creo.

   Entonces ¿Qué nos puede aportar José Luis Romero a esta visión si todo está escrito? No caigamos en errores fáciles y de bulto. Si por el titulo fuera Siempre quise bailar como el negro de Boney M ya tendría medio mercado copado, aunque seguramente algunos libreros poco avispados la pondrían en la estantería de autoayuda. Pero este libro evidentemente es algo mas que un título, es una propuesta narrativa cuanto menos interesante.

   Evaristo Conrado es un tipo de difícil carácter, lo dice su bordería casi congénita, otra opción es que la aprendiera con su antiguo oficio de guardia civil. Leopoldo Rovira así lo comprueba nada mas conocerle, intenta encomendarle un caso de espionaje industrial que se está produciendo en los laboratorios farmacéuticos en los que él es uno de los investigadores encargados de sacar adelante uno de esos proyectos potencialmente millonarios. La cosas se complican cuando Oriol Miralles, el supuesto espía industrial y yerno del mandamás de los laboratorios Zanzíbar, es atropellado una noche cerca del Nou Camp, famosa zona nocturna donde convergen a negociar con carne, muchos travestís y pocos carniceros.

   Nuestro peculiar detective irá vadeando poco a poco los golpes que devienen al intentar mediar en los oscuros negocios entre los ricos riquísimos y los bajos fondos, donde siempre salen perdiendo los mismos.

   Supuestas intrigas masónicas y guerras en Oriente asumidas como nuestras, aderezan la trama salpicándola de actualidad y mucho humor socarrón. Buena ecuación presente en el libro de principio a fin y que le confieren a Siempre quise bailar como el negro de Boney M  un tono atractivo a la par que ameno.

   Sin duda José Luis Romero ha conseguido elaborar un estilo prometedor y unos personajes que aunque al principio nos puedan parecer estereotipados conforme avanza el relato van adquiriendo solidez y vida propia hasta llegar a enamorarnos.

    Y testigo de los avatares de Conrado y  Josefina, la Zanzíbar y su extraña familia, Vicks y la Barbie, está siempre vigilante cual faro costero ese monumento a lo erótico como es la torre Agbar.

   No creo que José Luis Romero consiga, de los que nos movemos como palos, arrancarnos ni siquiera un par de pasitos a lo Bobby Farrel al terminar este libro, pero sin duda, si que me atrevo a afirmar que a mas de uno arrancará una media sonrisa de satisfacción tras cerrar la ultima de sus mas de trescientas páginas.

... 

Siempre quise bailar como el negro de Boney M.

José Luis Romero.

Inédita editores 2008.

...

Por José Ramón Gómez

Un matrimonio al uso por Armando Rodera Blasco

Escuché los gritos de mi esposa desde la calle. Subí corriendo las escaleras y me encontré en el rellano con Ignacio, nuestro vecino, que era policía retirado. Me tranquilizó diciendo:

 

-          No ocurre nada, Antonio. Un caco que se ha querido colar por el patio, pero se ha asustado al oír los gritos de Sonia.

 

Entré en mi domicilio y acompañé a mi mujer hasta la habitación, ya que la veía visiblemente nerviosa. Al llegar me fijé en un detalle que no me gustó. Entré en el baño del dormitorio, acrecentándose mis dudas.

 

-          ¿Dónde está? – pregunté contrariado.

-          ¿El ladrón? – contestó confundida – Ya se ha ido, cariño.

-          No te hagas la inocente, Sonia. Me refiero a tu amante. – le contesté airado mientras me miraba perpleja, con rostro culpable.

 

Le señalé la mesilla, con rastros húmedos recientes, cuando yo siempre ponía posavasos. Le recordé que yo siempre usaba ese baño por la bañera y que ella utilizaba la ducha del aseo. El ambiente estaba cargado y el vaho presente en el espejo. No lo negó y agachó la cabeza.

 

-          Ni siquiera ha bajado la tapa del inodoro... – Salí de allí dando un portazo, dejándola sumida en sus pensamientos.

 

Lo supe en cuanto la vi de Jesús Fornis Vaquero

En cuanto la vi, lo supe. Los restos de pólvora en su chaqueta, el carmín en el cigarrillo, la expresión de su rostro.

Fue ella misma la que nos avisó. Había regresado de un paseo en coche cuando encontró el cuerpo de su marido tendido en la alfombra sobre un charco de sangre. Al hombre le extrajimos una del 38 de la azotea. No había nadie que pudiese corroborar su coartada, y ella tampoco se molestó en buscarlo. El asunto tenía muy mala pinta.

La interrogamos durante horas, pero no conseguimos sacarle nada. Con voz pausada y rostro sereno repetía una vez tras otra su versión. Ni una lágrima, ni un suspiro. Ella había asesinado a su marido, lo leí en sus ojos.

Todas las pruebas apuntaban a la viuda, pero no eran suficientes para condenarla. Necesitábamos el arma homicida. Rastreamos el lugar día y noche, hasta que finalmente la encontramos. Por suerte fui yo quien lo hizo.

Al día siguiente ella salió libre. Atendió cortésmente a la prensa, dijo estar muy agradecida por el trato recibido por el cuerpo de policía, y deseó que algún día se encontrase al asesino de su marido. Lo supe en cuanto la vi.

Gatos por Rosa Ribas

Ha vuelto. Hasta ahora parece que nadie lo ha notado en el pueblo, sólo yo. Y los gatos. Los gatos fueron los primeros en darse cuenta. De un día para otro empezaron a caminar temerosos por las calles, con las orejas bajas y el cuerpo tenso, pegado al suelo, prestos a saltar, a huir. Y dejaron vacía la plaza. Como si sus padres, sus abuelos supervivientes  les hubiera contado que una mañana todos los árboles de la plaza habían aparecido decorados con los cuerpos de sus antepasados. Una guardia de felinos muertos custodiando el cuerpo del primer muerto, un chico del pueblo. Degollado, como los gatos.

Lo repitió en dos pueblos más: una placita arbolada, un muerto en el centro, los gatos balanceándose en las ramas. Hasta que, sin que la policía llegara a tener la más mínima pista, los asesinatos y las matanzas de gatos cesaron repentinamente. Hace de eso quince años.

Pero ahora está de nuevo aquí, muy cerca, en el pueblo. Ha regresado y todo empezará de nuevo.  Los gatos ya lo saben, yo lo sé. Pero ni ellos ni yo podemos decirlo. Ellos no pueden hablar, yo no debo. No vayan a pensar que  fui yo.

Presentación Novela “LOU” de Juan I. Colil

Presentación Novela “LOU” de Juan I. Colil

Novela ganadora del Primer Premio de novela MAGO Editores 2007

Presentación realizada por el poeta José Ángel Cuevas.
0ctubre 2007. Feria del Libro

Colil: El arte de atrapar al lector. Acá se trata de mover un escenario, manejar el escenario como un instrumento musical y sacarle melodías, llevar al que toma el libro a pasearlo. Este primer escenario es la conocida Plaza Italia, el personaje es un tipo ex estudiante del Pedagógico y eso a mí me conecta de inmediato, y me llegan oleadas mentales de los años que pasé allí en el período de las grandes esperanzas, como decía un rock antiguo. Pues bien, esa conciencia me subyuga, comienza el hado, lo extraño, lo soñado. Un tipo llama para hablar con el protagonista a las tres de la mañana y él acude a su casa. El relato se mueve con fuerza, se desplaza como un sueño pero lleno de sentimientos, sospechas, decisiones, que son tan chilenas, tan actuales.

De pronto entiendo que Colil es un tipo perfecto para moverse en el cine, va dejando caer cosas, escenas. Le sabe dar velocidad, belleza y lo mejor el manejo del suspenso., ¡es notable como mantiene atrapado al lector, uno va decodificando, si, pero de pronto resulta que todo era otra cosa.

La reflexión del protagonista está llena de de suposiciones, exactamente como se presenta en la conciencia actual; por ejemplo recuerdo que el escritor Hernán Valdés, autor de “Tejas Verdes”, dice que él no volvería a Chile porque no sabría si en el Metro va sentado junto a un torturador…, claro, y eso es lo que pasa aquí. Y ¿quién no piensa eso mismo, a veces cuando va en el Metro?, porque es evidente que deben andar en la calle esos miles y miles de hombres y mujeres con su pasado sucio. Como si nada.

El protagonista es un investigador, tiene una misión, es contratado y echa a andar sus búsquedas, los seguimientos tras su objetivo. En este caso la hija de su cliente y amigo llamada Lou.

Aquí uno se detiene  y piensa en los seguimientos, yo mismo escribí un poema sobre los seguimientos … cuando uno siente que lo van siguiendo.

Otras escenas se recrean con finura y el detalle muy poético o antipoético entre las personas, sus relaciones… Ensarta una historia en otra, de pronto uno va por un lado, pero se transfigura y se ve metido en otro lado. Recuerdo pasajes de Kafka en “América”, perdido al interior de una casa en la oscuridad.

Siempre presente para el lector está como fondo la relación del protagonista con ese ex amigo Armando, y un recuerdo de algo que les sucedió en los años ochenta: Son detenidos una noche por agentes de civil y como de refilón ven que dentro del auto había una muchacha de unos veintidós años con los ojos vendados, esa imagen permanece dando vueltas.

Como digo lo que más me gusta en Colil es el arte de sacar situaciones, departamentos, mujeres, casas donde se enseña yoga, reiki, hierbas, incorporar el hecho de venir de los años ochenta, ese mecanismo que funciona encima, esa amistad que no es tal. El problema que hay al escribir sobre la realidad social e histórica chilena es que se habla sobre algo ya sabido por el lector, esto juega en contra del escritor, si es que no sabe construir con imaginación, arte literario. Porque de eso se trata, de trabajar sobre un imaginario y transformarlo en arte.

Y eso es lo que pasa aquí.

La historia es cuasi cuasi policial, desde aquí va emergiendo el Chile de hoy : los típicos mentirosos, cínicos, usadores de personas, pero más aún, se logra conectar con la realidad, el ensamblaje, el desplazamiento, el manejo del suspenso; y otros mecanismos, e imágenes; como una jornada preciosa acompañado por un mendigo recorriendo Santiago y hasta se topa con la revolución pingüino. Santiago es un personaje  más que principal en la novela, y que mejor para mí que soy un buscador incesante de la fuerza urbana de la ex ciudad.

En definitiva “Lou” me ha encantado. Y en dos planos: me ha hecho ir con el protagonista   por el barrio Yungay, meterme en esos cités, convivir con esa manera de ser joven hoy, meterme en su mundo, de una nueva forma; y segundo: hacerme leso varias veces, sorprenderme. Este aparecer y desaparecer hace de Colil una especie de mago, pero con este material chileno de hoy ¿qué más se puede pedir  a un escritor?

 

 

 

 

La paliza equivocada por Bomarzo

No me lo puedo creer. No salgo de mi asombro. Lo único que quería es darle un susto. Un callejón oscuro, nada de testigos, un par de hostias, una patada en los huevos y un recordatorio de que conmigo no se juega. Estoy verdaderamente harto de Jessi Lens, ese maldito madero, me tiene en su punto de mira y que me ha rechazado unas vacaciones pagadas a un paraíso tropical. Se trataba de cambiar el espacio vacacional. No quisiste playa y tendrás hospital, aunque nada serio. Estaba todo muy claro y los muy gilipollas que contrato le dan de palos a otro tipo que, imagino a estas alturas se estará preguntando a qué vino esa lluvia de hostias. Estar en el sitio equivocado y parecerse demasiado al mierda ese de Lens. Eso es lo que le pasó. Y lo peor de todo es que hoy se me planta Jessi, sin una sola hostia en su cuerpo de dos metros, para amenazarme, otra vez, con cerrar mis negocios y llevarme ante un juez que, seguramente lo tenga en nómina.

Pues si no hay paliza habrá susto, lo habrá. El poli ese no sabe a quién le está tocando hoy las pelotas.

El filicidio por Araceli Otamendi

Madrid, 1933. Noche.  Doña Aurora se ata los cordones de los zapatos, acomoda el vestido. En uno de los bolsillos del ancho pollerón guarda la pistola cargada. Se acomoda el pelo y camina por la casa como si nada fuera a ocurrir.

En una de las habitaciones, la más grande y lejos del comedor, Hildegard, la hija de doña Aurora duerme. Ha preparado la conferencia sobre eugenesia  que debe pronunciar al día siguiente. Está cansada y duerme. Sin adivinar que su madre, doña Aurora, percibe su respiración unos metros más allá. Hildegard, hija querida, me traicionaste, piensa  Aurora mientras calibra en la mano el revólver que disparará minutos después. En mi vientre te engendré,  para vengarme del absurdo destino que me negó tantas cosas: posición, apellido, fama, estudios. No tuviste padre, sólo progenitor.  Tuve una hija sin ansiar nunca goces sexuales, al sólo efecto de vengarme de la realidad, y ella, que había logrado hacer lo que yo no pude me traiciona así, con un infeliz, un escribiente que trabaja en el despacho de un cagatintas. Apenas abre la puerta del dormitorio  Doña Aurora  dispara cerca de la sien de Hildegard, descerrajándole el tiro mortal.

A 22 TANTOS por José Javier Abasolo

Etxebeste contempló las gradas. El frontón Labrit de Pamplona se encontraba repleto, se trataba de la gran final. Y todos los asistentes tenían fijos sus ojos en él, que con diecinueve años había batido récords y conseguido llegar a la cumbre en su primer año como profesional. Era el favorito de todos los expertos, excepto del viejo Urkijo, una auténtica institución en el mundo de la pelota del que siempre se había sospechado que controlaba el dinero generado por las apuestas.

--Tiene que ganar Gorriti --le había dicho--, hay mucho dinero en juego. Entre ellos el de la hipoteca de tu padre. Si tú ganas, él se queda sin negocio y tu familia en la calle.

El marcador señalaba un empate a 21 tantos y le correspondía sacar a Gorriti. Volvió a mirar a las gradas y vio a Urkijo, sonriéndole. Tenía que perder, lo sabía, pero decidió que ese cabrón no disfrutaría de su victoria. El saque de Gorriti fue muy flojo, podía haberle machado con su resto y, de hecho, golpeó la pelota con toda su alma.

Cuando Urkijo se cayó a consecuencia del impacto, desnucándose, todo el mundo consideró que había sido un accidente.



Síndrome Casandra por Grenade

—Claro, yo vengo a ser el malo de la película. Pero soy como Casandra, la troyana esa que hinchaba con el caballo, que no dejen entrar al caballo ese de mierda, que está lleno de griegos… No le dieron pelota y ahí tienen, ardió Troya. Como ahora, que se va todo al carajo. Yo les avisé. Mandamos mensajeros. Nunca les dieron cinco de pelota. A la mayoría los liquidaron sin contemplaciones, sin pensar. Y se lo dijimos. ¡Tantas veces…! Pero nada. Y acá me tienen. Acá estoy yo para terminar con todo este despelote. A mí no me hace ninguna gracia, qué quieren que les diga. Quedo como el turro. El hijo de puta. Los otros se lavan bien las manos, total, hay un salame a cargo: el que aprieta el botón; el que tira la bomba. Yo no tengo nada contra ustedes, créanme. Esto es un trabajo. Un trabajo de mierda, pero qué se le va a hacer: cada uno tiene su destino…

— ¡Abbadon, carajo! ¿Cuándo mierda vas a hacer lo que Te mandé?

— ¡Ya voy, Viejo! ¿Ven? A mí me cagan a pedos y los que se mandaron las cagadas son ustedes. Bueno, ahí va. (Fin del Universo)

 

Sauerbraten por Sébastien Rutés

Mezclar un litro de vino tinto, el vinagre, dos cebollas, una zanahoria, las hojas de laurel y la pimienta en grano. Cocer y dejar enfriar. Añadir la carne. Dejar reposar.

 

Secar la carne, salpimentarla y freirla en aceite hasta que esté dorada. Añadir un litro de caldo y el marinado. Asar en horno a 200 °C durante una hora.

 

Cuando esté hecha, apartar la carne y dejar reducir el caldo. Agregar lentamente dos cucharadas de pasas y la mantequilla.

 

Cortar en lonchas...

 

 

–Pero ¿no será la receta del Sauerbraten?

–¿Acaso no te gusta?

–Es que no fue lo que acordamos. Hablaste de una salsa de cerveza con bayas de enebro...

–¿Cuándo?

–En el foro sado, cuando nos conocimos. Por eso te dije que sí...

–¿Y por qué no una chucrut?

–No seas tonto. Por otra parte, la carne del Sauerbraten tiene que marinarse tres días...

–Estás loco, ¿cómo vas a sobrevivir tres días?

–Por lo menos añádele un par de cucharas de harina...

–¿Me saliste cocinero o qué?

–Es que así la salsa es más espesa y sabrosa...

–Vale, como quieras, total no es mi pene el que vamos a comer, dijo el caníbal de Rotenburg a su nuevo amante...

Steve Hamilton por José Ramón Gómez

Steve Hamilton por José Ramón Gómez

Que la novela negra es universal no lo voy a descubrir yo ahora. Quien quiera lo puede comprobar llegándose a las estanterías de cualquier librería especializada en el género o no y hacerse con una excelente novela de un autor asiático como Haruki Murakami, Qiu Xiolong, o puede buscar algo de  Moussa Konaté, Abasse Ndione, Deon Meyer escritores que llegan desde ese gran desconocido, el continente africano.

    Incluso dentro de la narrativa más cercana por tradición e invasión cultural como es la norteamericana podemos encontrar escritores urbanos como Lawrence Block  o descontextualizados de las grandes urbes como es Steve Hamilton.

   Entre el Lago Michigan y el Superior, a pocos kilómetros de la frontera canadiense, se encuentra una pequeña población que intenta sacar el mayor partido a su bellísimo entorno natural. Sus gélidas temperaturas atraen un turismo invernal que deja suculentas ganancias en los pocos habitantes de este “paradisíaco” entorno. Pero esas mismas temperaturas hacen que en esta pequeña población no haya mucho que hacer cuando arrecia el tiempo, por eso Alex McKnight pasa gran parte de su vida actual en el Glasgow Inn, un pub entrañable de la localidad donde sirven cerveza canadiense, acompañado a veces únicamente por la bala que lleva alojada a pocos milímetros de su corazón y que le hizo de alguna manera, primero abandonar a su mujer y luego la policía. En el Glasgow Inn, tiene muy a su pesar, establecido el despacho no oficial, pues es de dominio publico su pasado policial, aunque intenta ejercer solo ante determinados compromisos.

  En Sangre Bajo Cero, la primera novela que nos llegó hace algunos meses de la mano de la Factoría de Ideas, conocimos  a este introvertido investigador en un mal momento puesto que tras una serie de asesinatos muy similares, McKnight revive la pesadilla que le llevó una noche de Halloween hace catorce años a encontrarse con Maximilian Rose, un personaje enfermizo que acabó con la vida de su compañero y casi con su pobre corazón. Los asesinatos llevan el sello de Rose, pero este aparentemente aún sigue en la cárcel. Edwin Fulton, amigo, por decir algo de Alex, se ve envuelto en los acontecimientos y el propio investigador sufrirá en sus carnes el acoso de psicópata y entorno policial por igual.

  En Invierno de la Luna del Lobo, segunda de las novelas de Hamilton publicadas en España, Alex McKnight quiere enterrar los viejos demonios bajo la nieve intentando retomar una vida tranquila, para ello alquila sus pequeñas cabañas a los turistas invernales, pero su pasado policial lo persigue y la bala alojada cerca del corazón es la garantía que algunos habitantes de Upper Península necesitan para encargarle al reacio investigador privado, cualquier tipo de pesquisa que surja. Tal es el caso de la joven india seminola, tercera tribu india de los estados unidos, que acude a Alex para que investigue a su supuesto abusivo amante.  La joven mas tarde desaparece y la conciencia de McKnight le lleva a seguir los pasos de la muchacha y cruzarse en el camino de  una serie de personajes algo desagradables. Poco a poco irá descubriendo que el sadismo y la crueldad no tienen fronteras de ningún tipo. El esqueleto de la trama se irá montando sobre algunos de los personajes de esta curiosa población del norte de los Estados Unidos y su peculiar climatología.

   El estilo narrativo de Hamilton resulta evocador y refrescante en ambas novelas, si bien este se va volviendo más áspero en su temática según avanzan las tramas. Los personajes van ganado en profundidad con cada relato y el suspense se mantiene de principio a fin en cada una de sus historias. El perfil de su investigador privado lejos de parecer prototípico, se solidifica con cada una de los flasback que nos hacen engancharnos aun más si cabe a su carácter amargo y solitario. Y todo aderezado con esa peculiar descripción del paisaje, marca registrada de la casa, que te lleva a sentir en la cara una climatología que como podemos comprobar forja caracteres.

   Una vez mas La Factoría acierta al acercarnos al público hispano otro premiado autor anglosajón, extrañamente inédito en nuestro país. Esperemos que en los años venideros podaos leer completa la saga de Alex McKnight.

...

SANGRE BAJO CERO Y EL INVIERNO DE LA LUNA DEL LOBO.

Steve Hamilton.

La Factoría de Ideas.