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Pensando demasiado por Emma Infante

Me costaba ocultar la sonrisa. El funeral había estado plagado de lugares comunes y sólo mi camisa roja, victoriosa, acompañaba la bandera que cubría el féretro. La caja de madera lucía dos banderas: la nacional y otra del grupo Rock Metallica. No se puede usar el amarillo. Da mala suerte en las interpretaciones y aquel día yo estaba ganándome un Oscar.

Los demás asistentes habrían satisfecho, con el luto riguroso, el gusto del difunto y aliviado a los desconsolados padres. Rebeldía y tradición se encontraron en aquella Iglesia. Pero también acudió la paz, para reinar por fin, más allá de los muros del templo.

La muerte del hijo de la vecina no había sido casual. Era una muerte ganada a pulso, aunque fuese un cobarde. En algún lugar del depósito de la policía científica guardaban el CD de música satánica que le hizo estallar el cerebro. Las largas investigaciones a través de Internet habían dado sus frutos. La participación en foros exclusivos para Heavy radicales había sido productiva. En el momento en que en el respondí al cartero a través del telefonillo supe que el silencio estaba muy cerca:

-¿Un paquete certificado?

-Sí, le abro, pero es la otra puerta.



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