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Y se acabó el concurso, mucha suerte a todos

Hoy ya damos por finalizado este concurso que nos ha llevado unos meses, y que a pesar de las pocas expectativas del principio ha resultado un éxito. La calidad ha sido altísima, palabra de escritores que se dedican a la novela negra.

Se han recibido unos 60 títulos, que ya tienen un número asignado; si el resfriado me lo permite mañana día 30, pondré los números pero seguirá el orden de publicación.

Aunque no resulte premiado, y quede desierto. TODOS HABÉIS GANADO EL CONCURSO " LAS 200 PALABRAS DEL CRIMEN" que se ha desarrollado en el blog de NOVELPOL.

Los agradecimientos completarían un blog entero.

Una de las personas, que ha realizado un trabajo increible ha sido mi amigo, CARLOS SALEM. En un espacio de 15 minutos ha leído siempre uno de los relatos publicados. Y ha llenado de emoción a muchas personas.

Se seguiran leyendo a partir de Enero, e intentaremos preparar un pdf para que todos os lo podáis descargar y leerlos tranquilamente en vuestra casa.

Este concurso es vuestro.

Respecto al premio se barajan unos 10 títulos, ya que es normal que se tenga un libro.

MUCHA SUERTE A TODOS.

31 de Diciembre de 2008 en el cupón de ONCE, las dos últimas terminaciones.

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José Andrés Espelt

 

 

.38. Número 3. Diciembre de 2008

.38. Número 3. Diciembre de 2008

Como no hay dos sin tres y en .38 somos gente de palabra, aquí llega una nueva entrega de la revista digital de La Balacera.

Abrimos fuego con un artículo sobre el recientemente fallecido Tony Hillerman, a quien también dedicamos nuestro Matarratos y matarratas. Seguimos con un relato de José Luis Muñoz. El alemán Friedrich Ani se enfrenta, en la mejor tradición del género, a un poli bueno y otro malo (adivinen quién es cada cual) en nuestro ya habitual interrogatorio. No faltan, por supuesto, las reseñas de novelas y tebeos que nos llaman la atención -firmadas en esta ocasión por Alejandra Zina, José Javier Abasolo, Leonardo Oyola y JuanJo Sarto- el resumen de las novedades editoriales, algunas películas que puedes ver en el salón de tu casa, esas perlas ensangrentadas que sacamos de nuestra literatura preferida y los fiables chivatazos que llegan a esta redacción.

Y si abríamos con un fallecimiento, destinamos nuestra última bala a recordar otro que se produjo hace 30 años, el de John Cazale.

Ya sabes, www.punto38.es

 

La Banda del .38

Crimen perfecto por Bartolomé Leal

Era tanto el odio que sentías por ella que decidiste matarla. A tu esposa, la madre de tus hijos, la compañera de tantos viajes emocionantes y aventuras intelectuales. Cierto. Pero se había transformado en un monstruo y debías actuar pronto. No merecía más... ni menos.

 

Aprovechaste su propensión a beber, una tarde que había invitado amistades comunes que te aceptaban. Vivían separados. Le llevaste, conciliador, una botella del pisco que más apreciaba. Licor letal. La contemplaste beber inmoderadamente. Luego te fuiste, antes que nadie, estacionaste lejos tu auto. Te ocultaste cerca de casa y verificaste la salida de todos y cada uno de los invitados.

 

Volviste a entrar y la hallaste tirada sobre un sillón, completamente borracha. Con tus manos enguantadas la hiciste acercarse a la piscina (la noche sin luna se mostraba oscurísima) y lentamente la hiciste bajar por los escalones. Por mientras, ella farfullaba incoherencias, que quería bañarse en pelota. Tú le decías que más divertido vestida. Esperaste hasta que se hundiera y asfixiara, la viste flotar boca abajo. Te retiraste sin ruido, cogiste el auto y volviste a tu piso. Crimen perfecto.

 

¿Por qué lo contamos aquí? Para que sepas que sabemos... y no te perdonamos, papá.

 

Caquilla por Wilberio Mardones

Esperamos la noche para atacarlo. Éramos tres contra uno, de modo que ganábamos; aunque Caquilla solía presentar resistencia. Tolo iba armado con el revolver a postones, Sabugal con su cerbatana de pinchos, y yo con una honda, los bolsillos llenos de piedras. “Lo mejor es atacarlo cuando esté cagando”, dictaminó Tolo, nuestro líder. Abrimos de golpe la feble puerta de la caseta donde defecábamos en la parcela, sobre un cajón, hacia un hoyo repleto de excrementos. A la luz de la linterna de Sabugal, vimos a nuestra víctima, pujando. Tolo gritó: “Depravado, vienes a puro correrte la paja. ¿Te fusilamos o tiramos al hoyo?”.

 

Lloriqueó Caquilla: que no fuéramos malos, tenía algo para ofrecernos. Nos hizo titubear. Entonces el asqueroso se llevó ambas manos al trasero para sacarlas colmadas de mierda y ponerlas frente a nosotros, burlándose. Disparamos al unísono, sin hacer caso de los chillidos desgarradores, ciertamente falsos, de Caquilla. La fetidez era tan grande que no osamos ponerle las manos encima para tirarlo al hoyo. Al día siguiente lo vimos, lleno de moretones y arañazos. Le habíamos dado. Tolo le dijo, amenazante: “Nos debes una, Caquilla. Reza por adelantado”. Después nos pusimos amigablemente a jugar a las bolitas.

En el rio aquel por Julio Colil

A veces después de algunas horas llegaba un auto. Apagaban las luces y  veía como en el interior conversaban, fumaban,  se besaban y luego comenzaba la fiesta. En ese momento me asomaba por la ventana. Me gustaba mirar como las parejas hacían lo suyo y como se espantaban al verme. Los amenazaba con un revólver viejo. Me gustaba que me pidieran perdón, porque todos terminaban diciendo eso: que los perdonara, que por favor los dejara ir, que tenían familia, que tenían hijos. Como si eso realmente pudiera importarle a alguien a esa hora de la noche. Casi siempre los dejaba ir después de jugar un poco. Se asustaban y ni siquiera avisaban a los pacos. Y eso siempre me ayudó. Esa noche había llegado hacía poco. Parecía que iba a ser una noche fría sin estrellas. Un auto se estacionó cerca del puente. El tipo bajó, miró alrededor y supe que se traía algo entre manos. Abrió la maleta, sacó un cuerpo. Lo dejó en el suelo y luego sacó una alfombra que traía enrollada sobre el techo. Al abrirla apareció otro cuerpo. El tipo miró sorprendido. Después los juntó, los envolvió con la alfombra y los arrojó al río.

Acabemos con esto por Jesús Fornis Vaquero

Guardo una bala para ti. No sé cómo te llamas, ni como eres, pero te reservo una. No sé cuando vendrás, pero te estaré esperando. Cuando aparezcas dando una patada a la puerta, yo estaré preparado y alojaré esta preciosidad en tu cabeza. Caerás de culo sin saber que ha pasado, y yo seré libre.

Nunca tuve que haber dado ese chivatazo. Fui fiambre en cuanto abrí la boca, pero aún tengo una oportunidad. Mi oportunidad se llama Marcy tiene la cabeza de punta y es hueca. Sólo tengo una así es que más vale estar despierto cuando vengas. Es jodido luchar contra un enemigo que no conoces, pero al fin y al cabo, todos sois iguales. Lo sé porque yo fui uno de vosotros.

Ahora, sentado sobre esta mesa de formica, me doy cuenta. Me doy cuenta de todos los errores que he cometido y de lo poco que me arrepiento. A veces creo que me voy a dormir y que, cuando despierte, tendré tu sonrisa y el agujero de tu Beretta frente a mí. A veces pienso que es mejor así, otras Marcy y yo queremos vivir. Ven a por mí, vivo o muerto, quiero acabar con esto.

No siempre es cuestión de número por Mónica Sacco

—¡Imbéciles, inútiles! ¿Tengo que decirles todo lo que tienen que hacer, cagones? ¿Nadie tiene los cojones puestos como se debe?

Los aullidos restallaron haciendo eco en las paredes desnudas. Se levantó pateando su asiento y se acercó a la mesa. La armas le tintinearon en la cintura mientras caminaba.

— ¡Aquí!— paseó la mirada incendiada de rabia por las caras avergonzadas de sus caciques.

— Con todo respeto, señor…— intentó uno.

—¡ Si me respetaran tanto como dicen, esos piojosos ya estarían masacrados!

Dio media vuelta y uno de los subalternos corrió a enderezarle el asiento. Se sentó, inspiró profundo; extendió el brazo derecho y alguien le sirvió vino.

— Somos máquinas de matar perfectas, infalibles. Háganles sentir el peso de nuestros pies en esos lomos mugrientos. Liquídenlos a cualquier costo. Este lugar es nuestro, ¿entienden?

Todo su poder se estrellaba en ese callejón inmundo donde se acovachaban esas ratas.  Él los iba a hacer mierda. Nada más que para que supieran quién era. Por eso no pudo creer cuando su mejor hombre llegó desangrándose. Los demás estaban muertos. Era incomprensible: ¿cuántos eran esos desharrapados medio desnudos? ¿Quién los comandaba?, preguntó a los gritos al moribundo.

— Trescientos. Leónidas—  farfulló el general, vomitando sangre.

 

Ruleta Rusa por (Cruz Santos, alias Nefer)

Si me preguntan cómo he llegado aquí, casi no sabría responder. Sólo sé que esta mañana me levanté, me duché, y con un sobrio café en el estómago me dirigí a la oficina. Kelso, ese cazurro hijoputa sin ningún sentido de la honradez, me estaba esperando dentro con un sobre en la mano y fumándose uno de esos asquerosos puros que según él, le cuestan un ojo de la cara y parte del iris del otro... se cree Humphrey Bogart el muy cabrón; mientras exhalaba parsimoniosamente el apestoso humo por esa desordenada caja de dientes me ha espetado: "puede que este sea tu salvoconducto Ray, cumple esta misión y tu expediente quedará limpito como los chorros del oro!", y se ha reído como el diablo. Una hora más tarde de viaje en el blindado de ese canalla, y me encuentro en una nave mugrienta, en no se qué sitio de las afueras de la ciudad, rodeado de tipos sin escrúpulos con más ganas de linchamiento que de irse a dormir y con el frío y metálico cañón de una magnum 45 en mi sien.  Esta vez, Kelso me la ha jugado bien.  Me las pagará… claro, si salgo de ésta.

El favor por Julio Colil

Llegué a su departamento a mediodía. Estaba asustada. El cliente había muerto de un paro fulminante. Estaba sobre la cama, desnudo y frío. Como pude lo vestí y lo saqué arrastrando como si fuéramos dos borrachos.  Lo subí al auto y  lo senté. Ella me sonrió satisfecha. Me dijo que tenía otro cliente dentro de media hora y que me devolvería el favor. Se despidió con un beso. La ciudad parecía desierta a esa hora. Pensé que lo mejor era hacerlo parecer un robo. La gente queda contenta cuando encuentra un motivo. Sólo necesitaba arrojarlo en alguna parte, pero por más que pensaba no sabía donde hacerlo. No podía seguir todo el día con aquel cuerpo a mi lado. Delante de mí divise un auto que llevaba una alfombra enrollada. Quizás esa era la mejor forma de transportarlo. Seguí a aquel vehículo  hasta que se detuvo en una bomba para cargar combustible. Había mucha gente alrededor, familias con niños que iban y venían.  El tipo se bajó y caminó hacia los baños. Era mi oportunidad. Rápidamente  me  bajé, tomé aquel bulto y lo subí a mi auto. Ahora sólo me quedaba cubrirlo con aquella alfombra y arrojarlo a un río.

Un jodido libro fantástico(Yo también puedo escribir una jodida historia de amor) por Carlos Salem

Un jodido libro fantástico(Yo también puedo escribir una jodida historia de amor) por Carlos Salem

   Hacía tiempo que no me divertía tanto leyendo y no me refiero a troncharme de risa ni nada parecido. Divertido, uno de los diccionarios escolares de mi hija lo define así: Que divierte o hace pasar el tiempo de manera alegre y entretenida.

   Y es que la narrativa de Carlos Salem es así, me atrevería a aventurar por las pocas veces que hemos coincidido o lo he podido escuchar en su breve rincón bucolicoliterario que incluso el propio Carlos Salem es una persona alegre y divertida, al menos esa es la impresión que causa a pesar de su oscura vestimenta de corsario de otros tiempos. Cuando le oyes hablar te das cuenta que a diferencia de alguna suegra él no monologa de una manera casi inconsciente, si no que su discurso te va mostrando un camino ( de ida supongo) que te atrapa desde el principio y te va echando carnaza en forma de guiños y floridos poéticos escatológicoartísticos.

   El nuevo libro de relatos de título tan cínico como genial “Yo también puedo escribir una jodida historia de amor” contiene de alguna forma la esencia de todos nosotros. Me explico. Enamoramiento, amor, desamor, desengaño, soledad, nostalgia...por favor, si alguien nunca ha pasado por alguno de los anteriores estados emocionales que intente localizarme, aún no hice el doctorado y su caso podría valerme una tesis.

   Carlos Salem  nos cuenta esa cotidianeidad nuestra de cada día desde el punto de vista del poeta voyeur que consciente de su poderoso verbo florido lo va dosificando poco a poco, atrapándote como el buen cantaor de flamenco con cada requiebro hasta que al final acunado por su narrativa al lector no le queda otro remedio que rendirse a su lectura y atrapado por el incesante eco que deja cada final de historia se ve lanzado a devorar la siguiente de manera compulsiva.

   Y aparte de toda esta cursilería adjetivada que les acabo de ofrecer y que podría despistar al posible lector de “Yo también..” Una obligada recomendación para aquellos que se sientan minimamente atraídos por este libro, lean el incide del mismo y como la Hidra aquella bicéfala no podrán apartar la vista de esta genialidad de apenas 140 páginas. Y recuerden, beban, hidrátense para no convertirse en estatua de sal.

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YO TAMBIEN PUEDO ESCRIBIR UNA JODIDA HISTORIA DE AMOR

Carlos Salem.

EDICIONES ESCALERA, 2008.

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Por José Ramón Gómez

 

Motel por Wilberio Mardones

El flaco entró como una tromba a la pieza, ni la flaca ni yo pudimos hacer nada. Ella estaba montada encima mío, acabando; yo tenía las caderas levantadas, metiéndoselo hasta el fondo; ella ahogaba un gemido que iba a ser grito, pero no le salió más que aire cuando el flaco le enterró en un riñón el enorme cuchillo que enarbolaba, para sacarlo rápidamente y clavárselo en la garganta cuando ella se retorcía hacia atrás. La flaca escoró despidiendo sangre por cintura y cuello, sin desprenderse de mí, sujeta por mi miembro que se mantenía erecto, sosteniendo la eyaculación, como si tuviera vida propia.

 

El flaco lanzó un aullido y se abalanzó sobre mí, el cuchillo sanguinolento alzado. Me di por muerto, aunque tenía que ocurrírsele la idea de separarnos y con una carcajada apuntó hacia nuestros genitales unidos; pero yo usé el cuerpo inerte de la flaca como escudo, con lo cual la arremetida sólo significó que el arma volviera a hundirse en ella, trabándose entre sus costillas. Vi al flaco luchar para desprender el arma. Aproveché el momento para darle con toda mi alma con la lámpara del velador. Eso me salvó. Por eso estoy contando el cuento...

Un día cualquiera por Yamilet García Zamora

Cierra los ojos, amor. Mis manos por tu cuerpo, surcos de las que parecen uñas. Taladros en mi mente. Años de castigo, amor. Noches sin sexo. Yo, la sonriente. Labios que apresuran un mordisco en tu vientre. Mi brazo en tu cuello. Mi lengua en tus dientes. Mis dientes en tu sexo. Sudor, gemidos, holocausto. Sufre mi sexo, amor. Olor a nada. A dolor. A sangre. Porque eres viento, muñeco desechado. Siente, es único el éxtasis que te desgarra las entrañas. Por tantas súplicas, amor. Mi saliva en tu ombligo. ¿Mis dedos? ¿Mi saliva? ¿Mi poder? El desasosiego de no poder saber el final. Goza, amor, el dolor de la espera. Soy yo la culpa y la rendición. La puta. La otra. La ladrona de los tiempos. Tu orgasmo pletórico. Una vez más, me rindo a tu deseo. Porque ahora soy toda  imagen. De la burla. Del escarnio Mi sonrisa en tu aliento. Mis dedos en tus órbitas apagadas. Hoy, un día cualquiera. Soy yo que te cabalgo porque ya no puedes moverte. No gimes. Entraré una y otra vez en tu cuerpo que es mío para siempre.  El puñal en  mi mano. El silencio, amor. Mi triunfo por siempre.

 

Gente en general por Pedro Avilés

  Por ciento veinte mil euros no está mal,  ¿eh Gary?

— Nada mal.  Muy rentable. Sesenta  mil por cabeza, ¿eh?

Del estómago de uno de los dos muertos brotó hacia la garganta una especie de tenebroso eructo que rebotó en las paredes terrosas de la tumba. Gary levantó instintivamente el arma y disparó las cinco balas que le quedaban al cargador hacia los cuerpos inertes de los jóvenes, que encajaron los impactos con la misma vida de dos sacos de arena.

— ¡Cerdos! Parece que les sentó bien la cena —dijo mezclando sus palabras con una risa nerviosa, la Mágnum humeante en la mano derecha.

— Los eructos de lo muertos están en el sueldo. Lo que tienes que hacer es darte prisa en cubrirlos de tierra para evitar que oigamos ahora sus ventosidades —dijo Donald, que sabía que su hermano siempre estaba bien dispuesto a  asumir los trabajos más difíciles.

  En el fondo no somos más que un saco de mierda.

  ¿Nosotros en concreto, Gary?

  No. La gente en general, Donald.

— A trabajar —dijo Donald cogiendo una de las dos palas. Gary agarró la otra y empezó a echar tierra sobre los jóvenes muertos. Estaban seguros de que nunca encontrarían los cuerpos.

 

 

 

El Pubis Madrileño (A Timba Abierta) por Óscar Urra

El Pubis Madrileño (A Timba Abierta) por Óscar Urra

Madrid, crisol de culturas antagónicas, kilómetro cero de ilusiones y deseos, dónde las niñas hace mucho, muchísimo, que dejaron de querer ser princesas, contempla desde hace bien poco las desgracias de un nuevo huelebragetas, Julio Cabria, desdichado ex de muchas cosas, tantas que no puede macerarlas en alcohol ni desdibujarlas con una buena mano de naipes, por eso un día se sube a la cornisa de su bloque, ese lugar mágico dónde comienzan y terminan tantas historias, para dejarse rodar por otro abismo buscando un destino tan incierto como el suyo.

  Quizás el miedo a llevarse en su desgracia algún impaciente espectador del teatro Calderón o algún otro enamoradizo con prisas por meterle mano a su pareja en los cines Ideal, le hace reflexionar mas de la cuenta, cosa inevitable, pero que no debería hacer un suicida si tiene claras sus intenciones porque de este modo puede darle tiempo para que lo encuentren esos dos secuaces-guardaespaldas-hombres para todos tan tarantinianos del mafioso del barrio, Andrés Escribano Antúnez, El Botines. Y cuando El Botines busca alguien lo encuentra y más en este barrio púbico de Madrid, dónde en la trastienda de cualquier oscuro garito pueden llegar a compartir timba Toni Romano, Julio Cabria y si me apuras hasta el mismísimo Carlos Salem.

  Y El Botines lo busca porque él también busca y no encuentra a su supuesta novia italiana Pandora que ha desaparecido sin dejar rastro alguno. La investigación, a priori, no debería resultar complicada, salvo porque en la misma se entromete Meléndez, la mala leche personificada en madero y para colmo prometido de la ex de nuestro detective. La cosa, como es de esperar, resulta ardua y nadie parece saber nada de la italiana, salvo Vitriolo, un asiduo como el resto, del bestiario de El Portón, el bareto en el que César distribuye cada día con desgana los ceniceros por la barra de nogal a la vez que atiende a los clientes con alcohol e información.

   Julio Cabria, adicto a todo menos a la vida, se meterá de lleno en esta complicada búsqueda que llenará sus días de humo, golpes y desamor.

  Oscar Urra consigue con esta novela ilusionarnos a todos los que añorábamos un personaje como Cabria, deteriorado detective venido a menos que habita con su infortunio los rincones más sórdidos de ese cinturón de Madrid que componen barrios como Lavapies o Tirso de Molina, menos Clásicos y visitados que el centro, pero tan sólo a un paso del mismo.

   Además, con su perfecta prosa y su narrativa precisa, compone una historia atractiva atestada de personajes secundarios merecedores de una continuidad que sin duda la joven editorial Salto de Página tendrá a bien prolongar.

   Sin duda A Timba abierta es uno de esos satisfactorios descubrimientos  que recuperan a los lectores más escépticos con el género.

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A TIMBA ABIERTA.

Oscar Urra.

SALTO DE PAGINA, 2008.

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Por José Ramón Gómez Cabezas

 

Día Equivocado de José Andrés Espelt

Salido de la cárcel, con el mono puesto y no el de trabajo. Un palo, dos palos, y ya estoy puesto. Estoy libre, aunque por poco tiempo. Me cazarán. Siempre lo hacen, desde que guié mi camino.

Sergio pica. Abre mama.

       ¿Ha llegado? 

         Sí, hace un ratito.

        ¿Dónde está?

        Arriba, en vuestra habitación.

Estaba recién “maqueao”. Me abrazaba. Me limpió la sangre y  quitó la goma criminal.  Mortal.

No me dejaba respirar,  hablaba de un robo fácil en Pueblo Nuevo, justo al lado de la Comisaría 18.

Le llamé loco y creo que anormal. Se largó, con un ya hablaremos mañana.

Y llego mañana. Necesitaba unos morados rápidos.

Explicó su plan:

 Tenemos que robar una oficina de una empresa de exportación al lado de la Comisaría. A las dos de la mañana se quedan fritos y no salen a vigilar a la calle.

Salimos, un chute de lo lindo y  nos trincaron.

A la mañana siguiente, estaba en La Modelo con Sergio. La cagamos.  No contábamos que ese día  pasaría a la historia, 23 de Febrero de 1981.

De pronto una voz nos llamó de lejos.

¿Hermanos Tejero? – asentimos-

Su madre acaba de llegar, ahora.

Atraco casi perfecto por José Ramón Gómez

Era el golpe ideal.


El persa, mi gatita y yo.


Una banda cojonuda, juntos desde cachorros. Éramos únicos, pero tuvo que aparecer aquel tuso sarnoso y joderlo todo.


La tarde iba cayendo y en el callejón cercano los tres maquinamos el improvisado plan perfecto. La nena con el vaivén cadencioso de su culo prieto, pasearía sus ojos rasgados por la entrada del local y detectaría el talón de Aquiles.


Estuvimos de acuerdo pronto. El pequeño tragaluz era el punto ideal para irrumpir allí dentro y arramblar con todo. Nadie vigilaba la salida y el gordo vejestorio que estaba tras el mostrador no tendría huevos para hacernos frente.


Mi chica vigilaría afuera, mientras el persa y yo nos haríamos con el botín. Aquel golpe iba a cambiar nuestro destino, al menos por un tiempo. Estaba harto de dormir en la calle y pasar hambre.


Pero tuvo que aparece aquel pitbull asesino y joderlo todo. Al persa lo engancho por su pelo largo antes de que pudiera entrar en la pescadería. A mi chica le destrozó la cara cuando intentó bufar arqueando su cuerpo.


Descanse en paz el persa, ahora toca huir y que la noche nos haga pardos a los demás.

 

Goyito por Ines Pradilla

Es miércoles y hago el guiso para el asilo. Goyito, mi nieto, me ayuda. Con su madre no había manera, pero a él le encanta. Corta la cebolla muy picadita. Solo tiene siete años y me hace mucha compañía. Me estoy quedando tan sola...

El vecino de abajo se queja de que Goyito hace mucho ruido. Hoy le he pedido que suba, para que conozca al nene.

.Ring!

-Pase a la cocina, que ahora voy yo.

Tiene razón el vecino, Goyito canta a grito pelado. Lo pasa bien. Pero  el vecino  ¡Que berridos! Se han callado. Voy a ver, me da miedo que el niño se corte: es tan pequeño.

-Muy bien, Goyito, muy bien. Ahora dame el cuchillo que sigo yo. Fíjate como lo hago. Compruebo que esté bien muerto. Separo la carne del hueso.¡Aún está tibia! Pincho el cuello. La sangre al cubo, que no  coagule. Ahora lo mezclo todo en la olla, añado la cebolla y al fuego. Venga, lávate las manos y ponte el abrigo. Nos vamos. Ya verás como se chupan los dedos en el asilo. El próximo miércoles yo mato a la del quinto, pero el guiso lo haces tú solito.

 

Elisa por Cesar Fernández Bustos

Había decidido dejar el turno de oficio. De modo que, oficialmente, hoy sería el último día que por unos miserables euros prestaría mis servicios para el Estado. Una llamada oculta martilleaba mi teléfono móvil. Una de dos, un imbécil ofreciéndome algún producto para alargarme el pene o una llamada de la policía. Esta es una llamada del servicio de asistencia jurídica al detenido. Debía desplazarme a la comisaría centro para asistir a Javier López Andrade, delito homicidio. Tras su negativa a declarar solicitó entrevistarse personalmente conmigo. Voy a ser asesinado. Solo es una cuestión de principios, nada personal. Me tendió la mano y me entregó una pequeña llave unida a un llavero: mercadona, zona norte, 18. No dormí  bien. Me dirigí temprano al juzgado de guardia. El Sr. López Andrade había sido asesinado por envenenamiento. Fui detenido inmediatamente. Tras el cacheo, se me intervino un teléfono móvil, mi cartera, seis euros y  una pequeña llave unida a un llavero: mercadona, zona norte, 18. Efectivamente la pequeña llave correspondía a la caja guarda objetos, a la caja número 18. En su interior, cuatro fotografías. Elisa me besaba. El veneno coincidía. Elisa había sido asesinada. Y una nota: te amaré eternamente, Elisa.

KKK por José Leal ( Associated Press 12/11/2008)

Una recluta que intentó abandonar una ceremonia de iniciación del Ku-Klux-Klan en un campamento de Luisiana fue muerta de un disparo y su cadáver arrojado junto a una carretera rural. El cadáver fue descubierto el lunes, al día siguiente del homicidio. El martes fue encarcelado un dirigente local del Klan acusado de homicidio. Otras siete personas fueron acusadas de encubrimiento.

 

La mujer fue reclutada a través de la internet para participar en el rito y luego debía regresar a Oklahoma, su estado natal, para reclutar nuevos miembros. Los ritos de iniciación habían comenzado cuando ocurrió el homicidio. El líder del grupo, Raymond “Chuck” Foster, de 44 años, la mató de un disparo el domingo por la noche tras estallar una pelea porque la víctima pidió abandonar el lugar.

 

Foster fue acusado de homicidio no premeditado y encarcelado sin derecho a fianza. Cinco hombres y dos mujeres de entre 20 y 30 años fueron acusados de obstrucción de la justicia y encarcelados al no poder satisfacer una fianza de 500.000 dólares cada uno. Algunos de los sospechosos intentaron destruir las pruebas al quemar las pertenencias de la víctima. En el campamento se encontraron armas, varias banderas y seis túnicas del Klan.

Nunca verás el mar de Rosa Ribas

Sólo una duna más. Ya oyes el sonido, el batir de las olas, que no conoces y con el que has soñado toda tu vida. Pero te empiezan a fallar las fuerzas. Es difícil arrastrarse sobre la arena con el uniforme, el correaje te estorba, pero no se te ocurre desprenderte de él. ¡Qué estúpidos sois los listos a veces!

¿Dónde estaba tu inteligencia, dónde quedaron tus famosos “pálpitos” cuando te propuse llevarte conmigo a la costa? Manuel, tengo que ir a Valencia. ¿Por qué no te vienes? Dudaste un poco, pero por sentido del deber, por no dejar el pueblo sin jefe de policía durante dos días. ¿No querrías ver por fin el mar? Tu mujer te preparó una maletilla con un par de mudas. Esta mañana hasta te has puesto el uniforme para encontrarte con dignidad con el mar tantas veces imaginado.

Te faltan unos metros. Tiras del cuerpo con los brazos, las piernas ya no las sientes, tampoco notas mi sombra a tu espalda ni oyes el sonido metálico cuando desenvaino tu sable para darte la última estocada. Sabes que te mueres y sólo quieres llegar al final de esa duna eterna.

Nunca verás el mar, Plinio.