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Riesgos por Juan Ignacio Colil Abricot

El aviso era breve, pero provocaba impacto. Eso me  decían mis clientes. Y eso me dijo también él. A mí no me gustaba conversar más de lo necesario.  Lo  amarré,  lo amordacé y comencé a azotarlo. Le dejé una gruesa marca en sus muslos y en la espalda. Gritaba y mientras más gritaba más lo golpeaba.  A ratos yo misma me desconocía. Después nos fumamos un cigarro y se fue. Volvía todos los meses y siempre me pedía más. No fue mi culpa. Sus movimientos los encontré demasiado dramáticos. Luego se quedó inmóvil, ausente.  Me vestí, recogí mis cosas y  le pedí a un amigo que lo llevara lejos. Él lo hubiese entendido, pero nadie más lograría comprender esa extraña forma de amarse entre las personas.  Esperé durante algunos días  que la notica apareciera en algún diario, pero no sucedió nada. Durante algunas noches tuve miedo.  Volví con mi novio que siempre estaba dispuesto a recibirme. Una tarde mientras  comíamos en la televisión dijeron que luego de una larga búsqueda había aparecido sin vida el cuerpo de un tal “Jefe Juan”. Era conocido por liderar una poderosa banda de narcos. No tuve que escuchar más para saber que estaba condenada.

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