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A Chile

Ya tenemos los libros preparados y empaquetados, listos para viajar. En esta foto os mostramos las ganas de ajetreo que tienen, suerte la de ellos.
Ahora, depende del tiempo, y de CORREOS.
ENHORABUENA Y GRACIAS A TODAS LAS EDITORIALES.
Los Libros del Ganador

Finalmente y después de dar muchas vueltas estos son los libros que recibirá el ganador del concurso de las 200 palabras que organizamos, dentro de muy poco viajaran a Chile.
Niños de Tiza de David Torres (Algaida)
Matar y Guardar la Ropa de Carlos Salem (Salto de Página)
Gólgota de Leonardo Oyola (Salto de Página)
Sé lo que mi padre decía de Willy Uribe (El Anden)
Retrato de familia con muerta de Raúl Argemí (Roca Editorial)
Agradecer a todas las editoriales, ya que precisamente ellas han sido las que han facilitado los libros al ganador.
Y el ganador es: : Juan Ignacio Colil Abricot

El escritor chileno Juan Ignacio Colil Abricot ha resultado ganador con "Carretera Vacía" del Concurso " Las 200 palabras del crimen" de la Asociación Novelpol.
Desde aquí, os agradezco la participación a todos y felicitamos al ganador.
Muchas Gracias.
José Andrés Espelt
La Lista
| TÍTULO | AUTOR | |
| 01 | CRISIS INMOBILIARIA | ESPELT, JOSÉ ANDRÉS |
| 02 | SIXTEEN TOONS | AVILÉS, PEDRO |
| 03 | DENUNCIA DE UNA COMA | ÁLVAREZ. SERGI |
| 04 | UN CONCURSO CRIMINAL | ABASOLO, JOSÉ JAVIER |
| 05 | NUNCA CAMBIARÉ | BOSQUE, RICARDO |
| 06 | CARRETERA VACÍA | COLIL ABRICOT, JUAN IGNACIO |
| 07 | DEFENSA PROPIA | DE PAZ, PEDRO |
| 08 | ES MUY FÁCIL | FERNÁNDEZ, FRANCIS P. |
| 09 | LA ESFINGE | SACCO, MÓNICA |
| 10 | PUNTO DE MIRA | BRAVO, JUAN MARÍA |
| 11 | LA CASA DE LOS DETECTIVES | CÁMARA, FERNANDO |
| 12 | LA PALIZA | LENS, JESÚS |
| 13 | UN GOLPE | IBÁÑEZ, JOKIN |
| 14 | CUIDADO CON LOS ESPEJOS | MALO, ROBERTO |
| 15 | FAMILIA DE TRES | PRADILLA, INÉS |
| 16 | ENTRE TUS LABIOS Y LA RISA DE ELLA | GARCÍA, YAMILET |
| 17 | ANDAN BUSCÁNDOME | RIGOLETTO |
| 18 | CASO RESUELTO | PASCUAL, EDUARD |
| 19 | LA ESFINGE | SCGI |
| 20 | HIPOXIA ERÓTICA | CARRACEDO, IRENE |
| 21 | EL PAQUETE | PIQUERO, FRANCISCO |
| 22 | PATRULLA DE RESCATE | AVILÉS, PEDRO |
| 23 | UNA LIGERA CONFUSIÓN | FERNÁNDEZ BUSTOS, JORGE |
| 24 | VENGANZA | COLIL ABRICOT, JUAN IGNACIO |
| 25 | LA PUTA MÁS BUENA DEL MUNDO | LEAL, BARTOLOMÉ |
| 26 | ¡JODIDOS CAIMANES! | ROMERO, JOSÉ LUIS |
| 27 | LA INTRIGANTE APARICIÓN DE SUCESOS | LLENA, JOSE MANUEL |
| 28 | LOS CRÍMENES DEL OFICINISTA | YAGÜE JARQUE, ELOI |
| 29 | COTIDIANO | CUELLAR, FABIÁN |
| 30 | ¿CORRER ES DE COBARDES? | TORRES, ABEL |
| 31 | CONFESIONES MÍNIMAS | GÓMEZ, FERNANDO |
| 32 | LA PALIZA | RODRIGUEZ, ANTONIO |
| 33 | SAUERBRATEN | RUTÉS, SÉBASTIEN |
| 34 | SÍNDROME CASANDRA | GRENADE |
| 35 | A 22 TANTOS | ABASOLO, JOSÉ JAVIER |
| 36 | EL FILICIDIO | OTAMENDI, ARACELI |
| 37 | LA PALIZA EQUIVOCADA | BOMARZO |
| 38 | GATOS | RIBAS, ROSA |
| 39 | LO SUPE EN CUANTO LO VI | FORNIS VAQUERO, JESÚS |
| 40 | UN MATRIMONIO AL USO | RODERA BLASCO, ARMANDO |
| 41 | RIESGOS | COLIL ABRICOT, JUAN IGNACIO |
| 42 | EDIPO PORTEÑO | EL CACHAFAZ |
| 43 | PENSANDO DEMASIANO | INFANTE, EMMA |
| 44 | UN TELEVISOR VESTIDO DE SANGRE | GONZALEZ EL TERCERO |
| 45 | EL CANGURO | TORIBIO, GREGORIO |
| 46 | INFARTO INTENCIONAL | SACCO, MÓNICA |
| 47 | BESTIAS | LENS, JESÚS |
| 48 | LA SOLUCIÓN | AVILÉS, PEDRO |
| 49 | NUNCA VERÁS EL MAR | RIBAS, ROSA |
| 50 | KKK | LEAL, JOSÉ |
| 51 | ELISA | FERNÁNDEZ BUSTOS, CESAR |
| 52 | GOYITO | PRADILLA, INÉS |
| 53 | ATRACO CASI PERFECTO | GÓMEZ, JOSÉ RAMÓN |
| 54 | DÍA EQUIVOCADO | ESPELT, JOSÉ ANDRÉS |
| 55 | GENTE EN GENERAL | AVILÉS, PEDRO |
| 56 | UN DÍA CUALQUIERA | GARCÍA, YAMILET |
| 57 | MOTEL | MARDONES, WILBERIO |
| 58 | EL FAVOR | COLIL ABRICOT, JUAN IGNACIO |
| 59 | RULETA RUSA | CRUZ SANTOS |
| 60 | NO SIEMPRE ES CUESTIÓN DE NÚMERO | SACCO, MÓNICA |
| 61 | ACABEMOS CON ESTO | FORNIS VAQUERO, JESÚS |
| 62 | EN EL RIO AQUEL | COLIL ABRICOT, JUAN IGNACIO |
| 63 | CAQUILLA | MARDONES, WILBERIO |
| 64 | CRIMEN PERFECTO | LEAL, BARTOLOMÉ |
Y se acabó el concurso, mucha suerte a todos
Hoy ya damos por finalizado este concurso que nos ha llevado unos meses, y que a pesar de las pocas expectativas del principio ha resultado un éxito. La calidad ha sido altísima, palabra de escritores que se dedican a la novela negra.
Se han recibido unos 60 títulos, que ya tienen un número asignado; si el resfriado me lo permite mañana día 30, pondré los números pero seguirá el orden de publicación.
Aunque no resulte premiado, y quede desierto. TODOS HABÉIS GANADO EL CONCURSO " LAS 200 PALABRAS DEL CRIMEN" que se ha desarrollado en el blog de NOVELPOL.
Los agradecimientos completarían un blog entero.
Una de las personas, que ha realizado un trabajo increible ha sido mi amigo, CARLOS SALEM. En un espacio de 15 minutos ha leído siempre uno de los relatos publicados. Y ha llenado de emoción a muchas personas.
Se seguiran leyendo a partir de Enero, e intentaremos preparar un pdf para que todos os lo podáis descargar y leerlos tranquilamente en vuestra casa.
Este concurso es vuestro.
Respecto al premio se barajan unos 10 títulos, ya que es normal que se tenga un libro.
MUCHA SUERTE A TODOS.
31 de Diciembre de 2008 en el cupón de ONCE, las dos últimas terminaciones.
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José Andrés Espelt
Crimen perfecto por Bartolomé Leal
Era tanto el odio que sentías por ella que decidiste matarla. A tu esposa, la madre de tus hijos, la compañera de tantos viajes emocionantes y aventuras intelectuales. Cierto. Pero se había transformado en un monstruo y debías actuar pronto. No merecía más... ni menos.
Aprovechaste su propensión a beber, una tarde que había invitado amistades comunes que te aceptaban. Vivían separados. Le llevaste, conciliador, una botella del pisco que más apreciaba. Licor letal. La contemplaste beber inmoderadamente. Luego te fuiste, antes que nadie, estacionaste lejos tu auto. Te ocultaste cerca de casa y verificaste la salida de todos y cada uno de los invitados.
Volviste a entrar y la hallaste tirada sobre un sillón, completamente borracha. Con tus manos enguantadas la hiciste acercarse a la piscina (la noche sin luna se mostraba oscurísima) y lentamente la hiciste bajar por los escalones. Por mientras, ella farfullaba incoherencias, que quería bañarse en pelota. Tú le decías que más divertido vestida. Esperaste hasta que se hundiera y asfixiara, la viste flotar boca abajo. Te retiraste sin ruido, cogiste el auto y volviste a tu piso. Crimen perfecto.
¿Por qué lo contamos aquí? Para que sepas que sabemos... y no te perdonamos, papá.
Caquilla por Wilberio Mardones
Esperamos la noche para atacarlo. Éramos tres contra uno, de modo que ganábamos; aunque Caquilla solía presentar resistencia. Tolo iba armado con el revolver a postones, Sabugal con su cerbatana de pinchos, y yo con una honda, los bolsillos llenos de piedras. “Lo mejor es atacarlo cuando esté cagando”, dictaminó Tolo, nuestro líder. Abrimos de golpe la feble puerta de la caseta donde defecábamos en la parcela, sobre un cajón, hacia un hoyo repleto de excrementos. A la luz de la linterna de Sabugal, vimos a nuestra víctima, pujando. Tolo gritó: “Depravado, vienes a puro correrte la paja. ¿Te fusilamos o tiramos al hoyo?”.
Lloriqueó Caquilla: que no fuéramos malos, tenía algo para ofrecernos. Nos hizo titubear. Entonces el asqueroso se llevó ambas manos al trasero para sacarlas colmadas de mierda y ponerlas frente a nosotros, burlándose. Disparamos al unísono, sin hacer caso de los chillidos desgarradores, ciertamente falsos, de Caquilla. La fetidez era tan grande que no osamos ponerle las manos encima para tirarlo al hoyo. Al día siguiente lo vimos, lleno de moretones y arañazos. Le habíamos dado. Tolo le dijo, amenazante: “Nos debes una, Caquilla. Reza por adelantado”. Después nos pusimos amigablemente a jugar a las bolitas.
En el rio aquel por Julio Colil
A veces después de algunas horas llegaba un auto. Apagaban las luces y veía como en el interior conversaban, fumaban, se besaban y luego comenzaba la fiesta. En ese momento me asomaba por la ventana. Me gustaba mirar como las parejas hacían lo suyo y como se espantaban al verme. Los amenazaba con un revólver viejo. Me gustaba que me pidieran perdón, porque todos terminaban diciendo eso: que los perdonara, que por favor los dejara ir, que tenían familia, que tenían hijos. Como si eso realmente pudiera importarle a alguien a esa hora de la noche. Casi siempre los dejaba ir después de jugar un poco. Se asustaban y ni siquiera avisaban a los pacos. Y eso siempre me ayudó. Esa noche había llegado hacía poco. Parecía que iba a ser una noche fría sin estrellas. Un auto se estacionó cerca del puente. El tipo bajó, miró alrededor y supe que se traía algo entre manos. Abrió la maleta, sacó un cuerpo. Lo dejó en el suelo y luego sacó una alfombra que traía enrollada sobre el techo. Al abrirla apareció otro cuerpo. El tipo miró sorprendido. Después los juntó, los envolvió con la alfombra y los arrojó al río.
Acabemos con esto por Jesús Fornis Vaquero
Guardo una bala para ti. No sé cómo te llamas, ni como eres, pero te reservo una. No sé cuando vendrás, pero te estaré esperando. Cuando aparezcas dando una patada a la puerta, yo estaré preparado y alojaré esta preciosidad en tu cabeza. Caerás de culo sin saber que ha pasado, y yo seré libre.
Nunca tuve que haber dado ese chivatazo. Fui fiambre en cuanto abrí la boca, pero aún tengo una oportunidad. Mi oportunidad se llama Marcy tiene la cabeza de punta y es hueca. Sólo tengo una así es que más vale estar despierto cuando vengas. Es jodido luchar contra un enemigo que no conoces, pero al fin y al cabo, todos sois iguales. Lo sé porque yo fui uno de vosotros.
Ahora, sentado sobre esta mesa de formica, me doy cuenta. Me doy cuenta de todos los errores que he cometido y de lo poco que me arrepiento. A veces creo que me voy a dormir y que, cuando despierte, tendré tu sonrisa y el agujero de tu Beretta frente a mí. A veces pienso que es mejor así, otras Marcy y yo queremos vivir. Ven a por mí, vivo o muerto, quiero acabar con esto.
No siempre es cuestión de número por Mónica Sacco
—¡Imbéciles, inútiles! ¿Tengo que decirles todo lo que tienen que hacer, cagones? ¿Nadie tiene los cojones puestos como se debe?
Los aullidos restallaron haciendo eco en las paredes desnudas. Se levantó pateando su asiento y se acercó a la mesa. La armas le tintinearon en la cintura mientras caminaba.
— ¡Aquí!— paseó la mirada incendiada de rabia por las caras avergonzadas de sus caciques.
— Con todo respeto, señor…— intentó uno.
—¡ Si me respetaran tanto como dicen, esos piojosos ya estarían masacrados!
Dio media vuelta y uno de los subalternos corrió a enderezarle el asiento. Se sentó, inspiró profundo; extendió el brazo derecho y alguien le sirvió vino.
— Somos máquinas de matar perfectas, infalibles. Háganles sentir el peso de nuestros pies en esos lomos mugrientos. Liquídenlos a cualquier costo. Este lugar es nuestro, ¿entienden?
Todo su poder se estrellaba en ese callejón inmundo donde se acovachaban esas ratas. Él los iba a hacer mierda. Nada más que para que supieran quién era. Por eso no pudo creer cuando su mejor hombre llegó desangrándose. Los demás estaban muertos. Era incomprensible: ¿cuántos eran esos desharrapados medio desnudos? ¿Quién los comandaba?, preguntó a los gritos al moribundo.
— Trescientos. Leónidas— farfulló el general, vomitando sangre.
Ruleta Rusa por (Cruz Santos, alias Nefer)
Si me preguntan cómo he llegado aquí, casi no sabría responder. Sólo sé que esta mañana me levanté, me duché, y con un sobrio café en el estómago me dirigí a la oficina. Kelso, ese cazurro hijoputa sin ningún sentido de la honradez, me estaba esperando dentro con un sobre en la mano y fumándose uno de esos asquerosos puros que según él, le cuestan un ojo de la cara y parte del iris del otro... se cree Humphrey Bogart el muy cabrón; mientras exhalaba parsimoniosamente el apestoso humo por esa desordenada caja de dientes me ha espetado: "puede que este sea tu salvoconducto Ray, cumple esta misión y tu expediente quedará limpito como los chorros del oro!", y se ha reído como el diablo. Una hora más tarde de viaje en el blindado de ese canalla, y me encuentro en una nave mugrienta, en no se qué sitio de las afueras de la ciudad, rodeado de tipos sin escrúpulos con más ganas de linchamiento que de irse a dormir y con el frío y metálico cañón de una magnum 45 en mi sien. Esta vez, Kelso me la ha jugado bien. Me las pagará… claro, si salgo de ésta.
El favor por Julio Colil
Llegué a su departamento a mediodía. Estaba asustada. El cliente había muerto de un paro fulminante. Estaba sobre la cama, desnudo y frío. Como pude lo vestí y lo saqué arrastrando como si fuéramos dos borrachos. Lo subí al auto y lo senté. Ella me sonrió satisfecha. Me dijo que tenía otro cliente dentro de media hora y que me devolvería el favor. Se despidió con un beso. La ciudad parecía desierta a esa hora. Pensé que lo mejor era hacerlo parecer un robo. La gente queda contenta cuando encuentra un motivo. Sólo necesitaba arrojarlo en alguna parte, pero por más que pensaba no sabía donde hacerlo. No podía seguir todo el día con aquel cuerpo a mi lado. Delante de mí divise un auto que llevaba una alfombra enrollada. Quizás esa era la mejor forma de transportarlo. Seguí a aquel vehículo hasta que se detuvo en una bomba para cargar combustible. Había mucha gente alrededor, familias con niños que iban y venían. El tipo se bajó y caminó hacia los baños. Era mi oportunidad. Rápidamente me bajé, tomé aquel bulto y lo subí a mi auto. Ahora sólo me quedaba cubrirlo con aquella alfombra y arrojarlo a un río.
Motel por Wilberio Mardones
El flaco entró como una tromba a la pieza, ni la flaca ni yo pudimos hacer nada. Ella estaba montada encima mío, acabando; yo tenía las caderas levantadas, metiéndoselo hasta el fondo; ella ahogaba un gemido que iba a ser grito, pero no le salió más que aire cuando el flaco le enterró en un riñón el enorme cuchillo que enarbolaba, para sacarlo rápidamente y clavárselo en la garganta cuando ella se retorcía hacia atrás. La flaca escoró despidiendo sangre por cintura y cuello, sin desprenderse de mí, sujeta por mi miembro que se mantenía erecto, sosteniendo la eyaculación, como si tuviera vida propia.
El flaco lanzó un aullido y se abalanzó sobre mí, el cuchillo sanguinolento alzado. Me di por muerto, aunque tenía que ocurrírsele la idea de separarnos y con una carcajada apuntó hacia nuestros genitales unidos; pero yo usé el cuerpo inerte de la flaca como escudo, con lo cual la arremetida sólo significó que el arma volviera a hundirse en ella, trabándose entre sus costillas. Vi al flaco luchar para desprender el arma. Aproveché el momento para darle con toda mi alma con la lámpara del velador. Eso me salvó. Por eso estoy contando el cuento...
Un día cualquiera por Yamilet García Zamora
Cierra los ojos, amor. Mis manos por tu cuerpo, surcos de las que parecen uñas. Taladros en mi mente. Años de castigo, amor. Noches sin sexo. Yo, la sonriente. Labios que apresuran un mordisco en tu vientre. Mi brazo en tu cuello. Mi lengua en tus dientes. Mis dientes en tu sexo. Sudor, gemidos, holocausto. Sufre mi sexo, amor. Olor a nada. A dolor. A sangre. Porque eres viento, muñeco desechado. Siente, es único el éxtasis que te desgarra las entrañas. Por tantas súplicas, amor. Mi saliva en tu ombligo. ¿Mis dedos? ¿Mi saliva? ¿Mi poder? El desasosiego de no poder saber el final. Goza, amor, el dolor de la espera. Soy yo la culpa y la rendición. La puta. La otra. La ladrona de los tiempos. Tu orgasmo pletórico. Una vez más, me rindo a tu deseo. Porque ahora soy toda imagen. De la burla. Del escarnio Mi sonrisa en tu aliento. Mis dedos en tus órbitas apagadas. Hoy, un día cualquiera. Soy yo que te cabalgo porque ya no puedes moverte. No gimes. Entraré una y otra vez en tu cuerpo que es mío para siempre. El puñal en mi mano. El silencio, amor. Mi triunfo por siempre.
Gente en general por Pedro Avilés
— Por ciento veinte mil euros no está mal, ¿eh Gary?
— Nada mal. Muy rentable. Sesenta mil por cabeza, ¿eh?
Del estómago de uno de los dos muertos brotó hacia la garganta una especie de tenebroso eructo que rebotó en las paredes terrosas de la tumba. Gary levantó instintivamente el arma y disparó las cinco balas que le quedaban al cargador hacia los cuerpos inertes de los jóvenes, que encajaron los impactos con la misma vida de dos sacos de arena.
— ¡Cerdos! Parece que les sentó bien la cena —dijo mezclando sus palabras con una risa nerviosa, la Mágnum humeante en la mano derecha.
— Los eructos de lo muertos están en el sueldo. Lo que tienes que hacer es darte prisa en cubrirlos de tierra para evitar que oigamos ahora sus ventosidades —dijo Donald, que sabía que su hermano siempre estaba bien dispuesto a asumir los trabajos más difíciles.
— En el fondo no somos más que un saco de mierda.
— ¿Nosotros en concreto, Gary?
— No. La gente en general, Donald.
— A trabajar —dijo Donald cogiendo una de las dos palas. Gary agarró la otra y empezó a echar tierra sobre los jóvenes muertos. Estaban seguros de que nunca encontrarían los cuerpos.
Día Equivocado de José Andrés Espelt
Salido de la cárcel, con el mono puesto y no el de trabajo. Un palo, dos palos, y ya estoy puesto. Estoy libre, aunque por poco tiempo. Me cazarán. Siempre lo hacen, desde que guié mi camino.
Sergio pica. Abre mama.
¿Ha llegado?
Sí, hace un ratito.
¿Dónde está?
Arriba, en vuestra habitación.
Estaba recién “maqueao”. Me abrazaba. Me limpió la sangre y quitó la goma criminal. Mortal.
No me dejaba respirar, hablaba de un robo fácil en Pueblo Nuevo, justo al lado de la Comisaría 18.
Le llamé loco y creo que anormal. Se largó, con un ya hablaremos mañana.
Y llego mañana. Necesitaba unos morados rápidos.
Explicó su plan:
Tenemos que robar una oficina de una empresa de exportación al lado de la Comisaría. A las dos de la mañana se quedan fritos y no salen a vigilar a la calle.
Salimos, un chute de lo lindo y nos trincaron.
A la mañana siguiente, estaba en La Modelo con Sergio. La cagamos. No contábamos que ese día pasaría a la historia, 23 de Febrero de 1981.
De pronto una voz nos llamó de lejos.
¿Hermanos Tejero? – asentimos-
Su madre acaba de llegar, ahora.
Atraco casi perfecto por José Ramón Gómez
Era el golpe ideal.
El persa, mi gatita y yo.
Una banda cojonuda, juntos desde cachorros. Éramos únicos, pero tuvo que aparecer aquel tuso sarnoso y joderlo todo.
La tarde iba cayendo y en el callejón cercano los tres maquinamos el improvisado plan perfecto. La nena con el vaivén cadencioso de su culo prieto, pasearía sus ojos rasgados por la entrada del local y detectaría el talón de Aquiles.
Estuvimos de acuerdo pronto. El pequeño tragaluz era el punto ideal para irrumpir allí dentro y arramblar con todo. Nadie vigilaba la salida y el gordo vejestorio que estaba tras el mostrador no tendría huevos para hacernos frente.
Mi chica vigilaría afuera, mientras el persa y yo nos haríamos con el botín. Aquel golpe iba a cambiar nuestro destino, al menos por un tiempo. Estaba harto de dormir en la calle y pasar hambre.
Pero tuvo que aparece aquel pitbull asesino y joderlo todo. Al persa lo engancho por su pelo largo antes de que pudiera entrar en la pescadería. A mi chica le destrozó la cara cuando intentó bufar arqueando su cuerpo.
Descanse en paz el persa, ahora toca huir y que la noche nos haga pardos a los demás.
Goyito por Ines Pradilla
Es miércoles y hago el guiso para el asilo. Goyito, mi nieto, me ayuda. Con su madre no había manera, pero a él le encanta. Corta la cebolla muy picadita. Solo tiene siete años y me hace mucha compañía. Me estoy quedando tan sola...
El vecino de abajo se queja de que Goyito hace mucho ruido. Hoy le he pedido que suba, para que conozca al nene.
.Ring!
-Pase a la cocina, que ahora voy yo.
Tiene razón el vecino, Goyito canta a grito pelado. Lo pasa bien. Pero el vecino ¡Que berridos! Se han callado. Voy a ver, me da miedo que el niño se corte: es tan pequeño.
-Muy bien, Goyito, muy bien. Ahora dame el cuchillo que sigo yo. Fíjate como lo hago. Compruebo que esté bien muerto. Separo la carne del hueso.¡Aún está tibia! Pincho el cuello. La sangre al cubo, que no coagule. Ahora lo mezclo todo en la olla, añado la cebolla y al fuego. Venga, lávate las manos y ponte el abrigo. Nos vamos. Ya verás como se chupan los dedos en el asilo. El próximo miércoles yo mato a la del quinto, pero el guiso lo haces tú solito.
Elisa por Cesar Fernández Bustos
Había decidido dejar el turno de oficio. De modo que, oficialmente, hoy sería el último día que por unos miserables euros prestaría mis servicios para el Estado. Una llamada oculta martilleaba mi teléfono móvil. Una de dos, un imbécil ofreciéndome algún producto para alargarme el pene o una llamada de la policía. Esta es una llamada del servicio de asistencia jurídica al detenido. Debía desplazarme a la comisaría centro para asistir a Javier López Andrade, delito homicidio. Tras su negativa a declarar solicitó entrevistarse personalmente conmigo. Voy a ser asesinado. Solo es una cuestión de principios, nada personal. Me tendió la mano y me entregó una pequeña llave unida a un llavero: mercadona, zona norte, 18. No dormí bien. Me dirigí temprano al juzgado de guardia. El Sr. López Andrade había sido asesinado por envenenamiento. Fui detenido inmediatamente. Tras el cacheo, se me intervino un teléfono móvil, mi cartera, seis euros y una pequeña llave unida a un llavero: mercadona, zona norte, 18. Efectivamente la pequeña llave correspondía a la caja guarda objetos, a la caja número 18. En su interior, cuatro fotografías. Elisa me besaba. El veneno coincidía. Elisa había sido asesinada. Y una nota: te amaré eternamente, Elisa.
KKK por José Leal ( Associated Press 12/11/2008)
Una recluta que intentó abandonar una ceremonia de iniciación del Ku-Klux-Klan en un campamento de Luisiana fue muerta de un disparo y su cadáver arrojado junto a una carretera rural. El cadáver fue descubierto el lunes, al día siguiente del homicidio. El martes fue encarcelado un dirigente local del Klan acusado de homicidio. Otras siete personas fueron acusadas de encubrimiento.
La mujer fue reclutada a través de la internet para participar en el rito y luego debía regresar a Oklahoma, su estado natal, para reclutar nuevos miembros. Los ritos de iniciación habían comenzado cuando ocurrió el homicidio. El líder del grupo, Raymond “Chuck” Foster, de 44 años, la mató de un disparo el domingo por la noche tras estallar una pelea porque la víctima pidió abandonar el lugar.
Foster fue acusado de homicidio no premeditado y encarcelado sin derecho a fianza. Cinco hombres y dos mujeres de entre 20 y 30 años fueron acusados de obstrucción de la justicia y encarcelados al no poder satisfacer una fianza de 500.000 dólares cada uno. Algunos de los sospechosos intentaron destruir las pruebas al quemar las pertenencias de la víctima. En el campamento se encontraron armas, varias banderas y seis túnicas del Klan.
Nunca verás el mar de Rosa Ribas
Sólo una duna más. Ya oyes el sonido, el batir de las olas, que no conoces y con el que has soñado toda tu vida. Pero te empiezan a fallar las fuerzas. Es difícil arrastrarse sobre la arena con el uniforme, el correaje te estorba, pero no se te ocurre desprenderte de él. ¡Qué estúpidos sois los listos a veces!
¿Dónde estaba tu inteligencia, dónde quedaron tus famosos “pálpitos” cuando te propuse llevarte conmigo a la costa? Manuel, tengo que ir a Valencia. ¿Por qué no te vienes? Dudaste un poco, pero por sentido del deber, por no dejar el pueblo sin jefe de policía durante dos días. ¿No querrías ver por fin el mar? Tu mujer te preparó una maletilla con un par de mudas. Esta mañana hasta te has puesto el uniforme para encontrarte con dignidad con el mar tantas veces imaginado.
Te faltan unos metros. Tiras del cuerpo con los brazos, las piernas ya no las sientes, tampoco notas mi sombra a tu espalda ni oyes el sonido metálico cuando desenvaino tu sable para darte la última estocada. Sabes que te mueres y sólo quieres llegar al final de esa duna eterna.
Nunca verás el mar, Plinio.
La solución por Pedro Avilés
El mismo día que tocó fondo llegó la catarsis. Los mocos cayendo sobre su labio superior en la oscuridad de su cuarto, las persianas echadas dejando pasar un triste haz de luz gris, sin fuerza, a través de un pequeño roto, sus cosas en la penumbra. Sus cosas. Sus cuadernos repletos de vivencias. Treinta años. El olor insano de su propio cuerpo sin asear durante más de un mes. El hedor de los restos de comida que había comprado con el dinero del paro y que venía de la salita de la televisión; hasta que dejó de comer. Y de repente lo vio muy claro, como si en ese momento hubiese pasado un ángel a su lado y se hubiera quedado allí, sentado sobre el pequeño escritorio repleto de papeles con sus apuntes, quieto, mirándole con dulzura; la solución. Como si el ángel en cuestión le hubiera llevado a su padre: si alguna vez tienes que abusar de alguien, hijo, que sea de los que abusan de los demás ¡Eso era! Y el ángel le sonreía, una mano sobre el hombro de su padre, avalando sus palabras con su mirada complaciente. Santificándolas. Salió a la calle y comenzó a matarles.
Bestias por Jesús Lens
Sí, cabrón, sí. Vas a sufrir. Ya te digo si vas a sufrir. Vas a tener una muerte lenta y dolorosa. Justo la muerte que te mereces, ¿no crees? No. No me mires con esos ojos de cordero degollado. ¿Sabes lo que me has costado, hijo de puta? No. Tú que coño vas a saber. A ti te la suda. Pues hasta aquí has llegado. Ya no vas a tener oportunidad de resarcirte ni de demostrar esas grandes virtudes y aptitudes que, según todos, se te veían a la legua. Hijo de perra, jodido mil leches de mierda…
¿Sabes lo que pagué por ti? ¿Sabes lo que me costó arreglarte los papeles y que aquél cortijero de Soria no te reclamase como suyo? Y lo que, después, he invertido en ti. Cómo te he cuidado, cómo te he dado las mejores comidas, los medicamentos más potentes… cabrón desagradecido. Y total, ¿para qué?
Para acabar ahorcado, colgado de la rama de un árbol, como tantos otros galgos fracasados que nunca han entendido para qué les dispensamos lo mejores mimos y entrenamientos… Llegar antes que llegar después, llegar el primero que llegar el último, os la trae floja, ¿verdad? Chuchos de mierda.
Infarto Intencional por Mónica Sacco
— Cuando llegué del mercado, lo encontré así— sollozó la mujer.
Estaba lleno de uniformados. Un gordo con guantes de látex revisaba los frascos de medicamentos. Otro, de civil, examinaba el cuerpo desparramado en un charco de orina.
— Causa aparente: infarto masivo de miocardio — sentenció el de civil — No creo que la autopsia diga mucho más.
Se llevaron la bolsa negra. El gordo se sacó los guantes y se acercó a la mujer, que bajó el volumen del televisor para no escuchar la repetición de los goles.
— ¿Era fanático del fútbol?
— Uh, sí…
— Y del boxeo.
La mujer enrojeció y la marca en la mandíbula se le puso morada.
— ¿Cuánto hace que sufría del corazón?
— Un año. Yo le daba los medicamentos como me dijo el médico…
— Ud. se los daba…
— Él se olvidaba, así que…
El gordo abrió el frasco de betabloqueante y se tragó diez comprimidos de un tirón. La mujer abrió enormes los ojos y se tapó la boca.
— El animal te cagaba a palos — la tuteó en voz baja.
— Toda la vida — ella murmuró amargada.
— Tirá la sacarina a la mierda y poné de nuevo el betabloqueante. A ver si encima vas en cana por homicidio premeditado.
El Canguro por Gregorio Toribio
Se dirigió hacia él. Con manos sudorosas fue aproximándose poco a poco, para no despertar la mínima sospecha. Su mirada, firme, se clavó sobre su cuello. No sabía por qué pero tenía que hacerlo. En su mano derecha, George empuñaba un afilado machete. Estaba ya muy cerca e iba a responder a esa interna llamada. ¡Mátalo, mátalo, mátalo…! Pero, ¿por qué? Sólo era un niño que jugaba con un pequeño canguro de peluche gris, con un lacito rojo.
Amelie, la vecina del piso superior, le había pedido que se quedara con su pequeño mientras se acercaba a la panadería de la esquina. George, amable como siempre, se ofreció encantado. Ahora estaba allí, a sus espaldas, a solas con él.
No necesitó más de un minuto para segar una vida. Clavó el anacarado machete con una frialdad de mente asesina. El brillante metal penetró con una facilidad pasmosa. ¿Por qué lo he hecho? Se repetía George sin cesar.
De repente, despertó. Había sido un mal sueño. Se dirigió a la cocina, abrió la nevera y sacó un refresco para humedecer su seca boca. Al fondo, en el suelo, había un pequeño canguro de peluche gris, con un lacito rojo.
Un televisor vestido de sangre por Agustín González eltercero
Habían transcurrido varios días desde la última vez que habló con el Polaco. Los nervios le devoraban, como insectos correteando por debajo de la piel, encerrado en ese apartamento de las afueras donde lo crió a golpes su padre, sin contestar al teléfono, viendo la televisión con los auriculares puestos, a oscuras, entre paredes cubiertas de fotografías viejas y carteles arrugados, con las persianas echadas, precintando el aire y la luz. Cuando vio en el telediario de la noche el rostro sin vida del Polaco, aquella cara devastada entre las ruinas negras de un coche, adivinó la cercanía del sufrimiento, la proximidad del dolor, un dolor sin nombre. Unas horas después, bien entrada la madrugada, el timbre de la puerta comenzó a sonar sin interrupción, exagerado y ansioso. No necesitó pensar nada, el miedo iba por libre. Con la misma precisión con que sus manos abrían una caja fuerte después de deletrear el rumor de la combinación a través del metal, cogió la pistola y se disparó un tiro en el cuello. Los policías derribaron la puerta con estrépito. Encontraron un cuerpo sin vida y un televisor vestido de sangre. "Hemos perdido al testigo", dijo por teléfono el inspector jefe.
Pensando demasiado por Emma Infante
Me costaba ocultar la sonrisa. El funeral había estado plagado de lugares comunes y sólo mi camisa roja, victoriosa, acompañaba la bandera que cubría el féretro. La caja de madera lucía dos banderas: la nacional y otra del grupo Rock Metallica. No se puede usar el amarillo. Da mala suerte en las interpretaciones y aquel día yo estaba ganándome un Oscar.
Los demás asistentes habrían satisfecho, con el luto riguroso, el gusto del difunto y aliviado a los desconsolados padres. Rebeldía y tradición se encontraron en aquella Iglesia. Pero también acudió la paz, para reinar por fin, más allá de los muros del templo.
La muerte del hijo de la vecina no había sido casual. Era una muerte ganada a pulso, aunque fuese un cobarde. En algún lugar del depósito de la policía científica guardaban el CD de música satánica que le hizo estallar el cerebro. Las largas investigaciones a través de Internet habían dado sus frutos. La participación en foros exclusivos para Heavy radicales había sido productiva. En el momento en que en el respondí al cartero a través del telefonillo supe que el silencio estaba muy cerca:
-¿Un paquete certificado?
-Sí, le abro, pero es la otra puerta.
Edipo porteño por El Cachafaz
Éramos felices hasta que apareció esa vieja que hablaba de desaparecidos. Está loca, dijo Mercedes. Contáme, le pedí. Qué querés que te cuente, me gritó. ¿Cómo me torturaron, cómo me violaron, cómo mataron a la gente que yo quería, familia, amigos? Dejáme en paz, pendejo. Cuando se enojaba me gritaba “pendejo”, enrostrándome los veinte años que me llevaba. No me importaba, yo la quería lo mismo.. Un día la vieja me paró por la calle y me mostró las fotos. Se me encogió el estómago. La vieja me miraba con la ilusión de los locos en la mirada perdida. La duda empezó a comerme las tripas. ¿Qué podía hacer? Fui y lo hice. El ADN. Fui con la vieja. Yo era el nieto.
Se lo conté a Mercedes y se puso como loca. Fue a buscar a la vieja y le metió cinco tiros. Después volvió a casa a esperarme. Creí que me iba a matar a mí también. Me pidió que lo perdonara, que le habían mentido diciéndole que yo había nacido muerto de tanta picana que le habían metido. Después se metió el revólver en la boca y disparó. Y yo quedé viudo y huérfano al mismo tiempo.
Riesgos por Juan Ignacio Colil Abricot
El aviso era breve, pero provocaba impacto. Eso me decían mis clientes. Y eso me dijo también él. A mí no me gustaba conversar más de lo necesario. Lo amarré, lo amordacé y comencé a azotarlo. Le dejé una gruesa marca en sus muslos y en la espalda. Gritaba y mientras más gritaba más lo golpeaba. A ratos yo misma me desconocía. Después nos fumamos un cigarro y se fue. Volvía todos los meses y siempre me pedía más. No fue mi culpa. Sus movimientos los encontré demasiado dramáticos. Luego se quedó inmóvil, ausente. Me vestí, recogí mis cosas y le pedí a un amigo que lo llevara lejos. Él lo hubiese entendido, pero nadie más lograría comprender esa extraña forma de amarse entre las personas. Esperé durante algunos días que la notica apareciera en algún diario, pero no sucedió nada. Durante algunas noches tuve miedo. Volví con mi novio que siempre estaba dispuesto a recibirme. Una tarde mientras comíamos en la televisión dijeron que luego de una larga búsqueda había aparecido sin vida el cuerpo de un tal “Jefe Juan”. Era conocido por liderar una poderosa banda de narcos. No tuve que escuchar más para saber que estaba condenada.
Un matrimonio al uso por Armando Rodera Blasco
Escuché los gritos de mi esposa desde la calle. Subí corriendo las escaleras y me encontré en el rellano con Ignacio, nuestro vecino, que era policía retirado. Me tranquilizó diciendo:
- No ocurre nada, Antonio. Un caco que se ha querido colar por el patio, pero se ha asustado al oír los gritos de Sonia.
Entré en mi domicilio y acompañé a mi mujer hasta la habitación, ya que la veía visiblemente nerviosa. Al llegar me fijé en un detalle que no me gustó. Entré en el baño del dormitorio, acrecentándose mis dudas.
- ¿Dónde está? – pregunté contrariado.
- ¿El ladrón? – contestó confundida – Ya se ha ido, cariño.
- No te hagas la inocente, Sonia. Me refiero a tu amante. – le contesté airado mientras me miraba perpleja, con rostro culpable.
Le señalé la mesilla, con rastros húmedos recientes, cuando yo siempre ponía posavasos. Le recordé que yo siempre usaba ese baño por la bañera y que ella utilizaba la ducha del aseo. El ambiente estaba cargado y el vaho presente en el espejo. No lo negó y agachó la cabeza.
- Ni siquiera ha bajado la tapa del inodoro... – Salí de allí dando un portazo, dejándola sumida en sus pensamientos.
Lo supe en cuanto la vi de Jesús Fornis Vaquero
En cuanto la vi, lo supe. Los restos de pólvora en su chaqueta, el carmín en el cigarrillo, la expresión de su rostro.
Fue ella misma la que nos avisó. Había regresado de un paseo en coche cuando encontró el cuerpo de su marido tendido en la alfombra sobre un charco de sangre. Al hombre le extrajimos una del 38 de la azotea. No había nadie que pudiese corroborar su coartada, y ella tampoco se molestó en buscarlo. El asunto tenía muy mala pinta.
La interrogamos durante horas, pero no conseguimos sacarle nada. Con voz pausada y rostro sereno repetía una vez tras otra su versión. Ni una lágrima, ni un suspiro. Ella había asesinado a su marido, lo leí en sus ojos.
Todas las pruebas apuntaban a la viuda, pero no eran suficientes para condenarla. Necesitábamos el arma homicida. Rastreamos el lugar día y noche, hasta que finalmente la encontramos. Por suerte fui yo quien lo hizo.
Al día siguiente ella salió libre. Atendió cortésmente a la prensa, dijo estar muy agradecida por el trato recibido por el cuerpo de policía, y deseó que algún día se encontrase al asesino de su marido. Lo supe en cuanto la vi.
Gatos por Rosa Ribas
Ha vuelto. Hasta ahora parece que nadie lo ha notado en el pueblo, sólo yo. Y los gatos. Los gatos fueron los primeros en darse cuenta. De un día para otro empezaron a caminar temerosos por las calles, con las orejas bajas y el cuerpo tenso, pegado al suelo, prestos a saltar, a huir. Y dejaron vacía la plaza. Como si sus padres, sus abuelos supervivientes les hubiera contado que una mañana todos los árboles de la plaza habían aparecido decorados con los cuerpos de sus antepasados. Una guardia de felinos muertos custodiando el cuerpo del primer muerto, un chico del pueblo. Degollado, como los gatos.
Lo repitió en dos pueblos más: una placita arbolada, un muerto en el centro, los gatos balanceándose en las ramas. Hasta que, sin que la policía llegara a tener la más mínima pista, los asesinatos y las matanzas de gatos cesaron repentinamente. Hace de eso quince años.
Pero ahora está de nuevo aquí, muy cerca, en el pueblo. Ha regresado y todo empezará de nuevo. Los gatos ya lo saben, yo lo sé. Pero ni ellos ni yo podemos decirlo. Ellos no pueden hablar, yo no debo. No vayan a pensar que fui yo.
La paliza equivocada por Bomarzo
No me lo puedo creer. No salgo de mi asombro. Lo único que quería es darle un susto. Un callejón oscuro, nada de testigos, un par de hostias, una patada en los huevos y un recordatorio de que conmigo no se juega. Estoy verdaderamente harto de Jessi Lens, ese maldito madero, me tiene en su punto de mira y que me ha rechazado unas vacaciones pagadas a un paraíso tropical. Se trataba de cambiar el espacio vacacional. No quisiste playa y tendrás hospital, aunque nada serio. Estaba todo muy claro y los muy gilipollas que contrato le dan de palos a otro tipo que, imagino a estas alturas se estará preguntando a qué vino esa lluvia de hostias. Estar en el sitio equivocado y parecerse demasiado al mierda ese de Lens. Eso es lo que le pasó. Y lo peor de todo es que hoy se me planta Jessi, sin una sola hostia en su cuerpo de dos metros, para amenazarme, otra vez, con cerrar mis negocios y llevarme ante un juez que, seguramente lo tenga en nómina.
Pues si no hay paliza habrá susto, lo habrá. El poli ese no sabe a quién le está tocando hoy las pelotas.
El filicidio por Araceli Otamendi
Madrid, 1933. Noche. Doña Aurora se ata los cordones de los zapatos, acomoda el vestido. En uno de los bolsillos del ancho pollerón guarda la pistola cargada. Se acomoda el pelo y camina por la casa como si nada fuera a ocurrir.
En una de las habitaciones, la más grande y lejos del comedor, Hildegard, la hija de doña Aurora duerme. Ha preparado la conferencia sobre eugenesia que debe pronunciar al día siguiente. Está cansada y duerme. Sin adivinar que su madre, doña Aurora, percibe su respiración unos metros más allá. Hildegard, hija querida, me traicionaste, piensa Aurora mientras calibra en la mano el revólver que disparará minutos después. En mi vientre te engendré, para vengarme del absurdo destino que me negó tantas cosas: posición, apellido, fama, estudios. No tuviste padre, sólo progenitor. Tuve una hija sin ansiar nunca goces sexuales, al sólo efecto de vengarme de la realidad, y ella, que había logrado hacer lo que yo no pude me traiciona así, con un infeliz, un escribiente que trabaja en el despacho de un cagatintas. Apenas abre la puerta del dormitorio Doña Aurora dispara cerca de la sien de Hildegard, descerrajándole el tiro mortal.
A 22 TANTOS por José Javier Abasolo
Etxebeste contempló las gradas. El frontón Labrit de Pamplona se encontraba repleto, se trataba de la gran final. Y todos los asistentes tenían fijos sus ojos en él, que con diecinueve años había batido récords y conseguido llegar a la cumbre en su primer año como profesional. Era el favorito de todos los expertos, excepto del viejo Urkijo, una auténtica institución en el mundo de la pelota del que siempre se había sospechado que controlaba el dinero generado por las apuestas.
--Tiene que ganar Gorriti --le había dicho--, hay mucho dinero en juego. Entre ellos el de la hipoteca de tu padre. Si tú ganas, él se queda sin negocio y tu familia en la calle.
El marcador señalaba un empate a 21 tantos y le correspondía sacar a Gorriti. Volvió a mirar a las gradas y vio a Urkijo, sonriéndole. Tenía que perder, lo sabía, pero decidió que ese cabrón no disfrutaría de su victoria. El saque de Gorriti fue muy flojo, podía haberle machado con su resto y, de hecho, golpeó la pelota con toda su alma.
Cuando Urkijo se cayó a consecuencia del impacto, desnucándose, todo el mundo consideró que había sido un accidente.
Síndrome Casandra por Grenade
—Claro, yo vengo a ser el malo de la película. Pero soy como Casandra, la troyana esa que hinchaba con el caballo, que no dejen entrar al caballo ese de mierda, que está lleno de griegos… No le dieron pelota y ahí tienen, ardió Troya. Como ahora, que se va todo al carajo. Yo les avisé. Mandamos mensajeros. Nunca les dieron cinco de pelota. A la mayoría los liquidaron sin contemplaciones, sin pensar. Y se lo dijimos. ¡Tantas veces…! Pero nada. Y acá me tienen. Acá estoy yo para terminar con todo este despelote. A mí no me hace ninguna gracia, qué quieren que les diga. Quedo como el turro. El hijo de puta. Los otros se lavan bien las manos, total, hay un salame a cargo: el que aprieta el botón; el que tira la bomba. Yo no tengo nada contra ustedes, créanme. Esto es un trabajo. Un trabajo de mierda, pero qué se le va a hacer: cada uno tiene su destino…
— ¡Abbadon, carajo! ¿Cuándo mierda vas a hacer lo que Te mandé?
— ¡Ya voy, Viejo! ¿Ven? A mí me cagan a pedos y los que se mandaron las cagadas son ustedes. Bueno, ahí va. (Fin del Universo)
Sauerbraten por Sébastien Rutés
Mezclar un litro de vino tinto, el vinagre, dos cebollas, una zanahoria, las hojas de laurel y la pimienta en grano. Cocer y dejar enfriar. Añadir la carne. Dejar reposar.
Secar la carne, salpimentarla y freirla en aceite hasta que esté dorada. Añadir un litro de caldo y el marinado. Asar en horno a 200 °C durante una hora.
Cuando esté hecha, apartar la carne y dejar reducir el caldo. Agregar lentamente dos cucharadas de pasas y la mantequilla.
Cortar en lonchas...
–Pero ¿no será la receta del Sauerbraten?
–¿Acaso no te gusta?
–Es que no fue lo que acordamos. Hablaste de una salsa de cerveza con bayas de enebro...
–¿Cuándo?
–En el foro sado, cuando nos conocimos. Por eso te dije que sí...
–¿Y por qué no una chucrut?
–No seas tonto. Por otra parte, la carne del Sauerbraten tiene que marinarse tres días...
–Estás loco, ¿cómo vas a sobrevivir tres días?
–Por lo menos añádele un par de cucharas de harina...
–¿Me saliste cocinero o qué?
–Es que así la salsa es más espesa y sabrosa...
–Vale, como quieras, total no es mi pene el que vamos a comer, dijo el caníbal de Rotenburg a su nuevo amante...
La Paliza por Antonio Rodríguez Bautista
Aquella noche no pude dormir. El dolor, los gritos, los golpes, las imágenes borrosas me llegaban a borbotones y el sueño no pudo enhebrar ni una sola cabezada.
A la mañana siguiente tenía los ojos hinchados, me dolía la cabeza y mi cuerpo era un haz de trigo esparcido sobre la era, pisoteado por los cascos de los caballos, machacado, dolorido y con moratones en el alma.
Un amanecer perezoso comenzaba a tender, sobre los tesos esponjosos de sueño, una colcha nacarada, mientras las cuadrigas de Helios iban derramando, sobre ella, pinceladas de ocre mortecino y el paisaje comenzó a impregnarse de un halo fantasmagórico.
Intenté levantarme pero no pude, los golpes habían masacrado mis fuerzas, mis ojos a penas podían abrir su diafragma y mis manos palpaban sábanas desconocidas, un colchón húmedo, con olor a musgo; no sé dónde me encontraba.
Repté como serpiente apaleada y conseguí llegar a una carretera de tierra, donde me desvanecí. Alguien me debió recoger y me llevó el hospital. Bajo unos focos de luz hiriente, mientras curaban las heridas purulentas de mi cuerpo, las preguntas removieron la pestilencia que los porrazos, los insultos y el ultraje dejaron en mi alma la noche anterior.
Confesiones Mínimas por Fernándo Gómez
El trabajo de detective privado no es cómodo, sería absurdo afirmar lo contrario. En ocasiones resulta monótono, sobre todo esos ratos en que pasas horas y horas dentro del coche sin saber que hacer, a la espera que la persona a la que espías salga de un portal que de tanto mirarlo te aprendes de memoria. Lo más curioso es que cuando menos esperas, aparece.
El cuerpo recupera la energía dormida, alcanzas la cámara que has dejado olvidada en el asiento contiguo y acurrucado, en una posición incómoda que te obliga a forzar la columna, enfocas con dificultad y aprietas el disparador una, otra vez y varias más, esperando que las fotos salgan perfectas y que el cliente que te ha contratado no albergue dudas, cuando le entregues el dossier, que el sujeto es la misma persona a la que te ha mandado seguir.
Fisgonear como una portera, es la parte más ingrata de la profesión. Por suerte hay ocasiones en que recibes encargos que dan cierto prestigio; sin ir más lejos, la semana pasada, colaboré a desenmascarar a un criminal… Disculpe, otro día le contaré esa historia, mi presa ha doblado la esquina y no quiero perderla de vista.
¿Correr es de cobardes? por Abel Torres
Me duelen los pies. Llevo más de 2 horas inmóvil, en pié, tras esta mugrienta cortina. Mi corazón late tan intenso que parece fuese a estallar en el próximo latido. La oscuridad lo envuelve todo y el silencio se hace ensordecedor, roto tan solo por la respiración de ese maldito cabrón que por fin ya se ha dormido.
Me deslizo hasta el borde de la cama, como un fantasma, e intuyo las invisibles formas de ese cuerpo yacente. Un ligero fogonazo y una apagada detonación, como si de una última instantánea se tratase, y de nuevo la oscuridad y el silencio, ésta vez absoluto, se hacen presentes en la habitación.
Guardo mi fiel compañera de trabajo bajo la chaqueta, de donde saco una linternilla para constatar lo que ya sé, otro asunto adecuadamente zanjado.
Salgo por donde entré, bajo hasta la calle, entro en el coche y pongo rumbo a casa. Ya al volante una sonrisa asoma levemente a mi rostro, imagino que tan solo en unos minutos cambiaré el traje oscuro por una camiseta y mi “compañera” por unas zapatillas, y correré por esta asquerosa ciudad imaginando que dejo atrás toda su inmundicia.
¿Correr es de cobardes?.......no creo!!
Cotidiano por Fabián Cuéllar
Nelson toma una fotografía. Su cara gorda suda detrás de las gafas oscuras y la mascarilla que apenas impide el paso del hedor proveniente de los tambos. Estamos acostumbrados a ver muchas chingaderas, pero esto…
Un perito se acerca a uno de los toneles volteado sobre el suelo, el contenido rojo desparramándose sobre la calle. El olor ácido es penetrante. Los investigadores creen que pueden ser restos humanos. ¿Qué otra cosa van a ser? Nelson hace un esfuerzo por no vomitar, mientras mira de reojo la cartulina. “LOS BAMOS ASER POSOLE” leo en voz baja. Él toma otra fotografía, una más. Pinche trabajo culero, murmura. El detective de homicidios nos ve con severidad, pero se guarda lo que iba a decir. Nelson y yo intercambiamos miradas de burla. Él quiere que lo corran. Yo no tengo otro lugar a dónde ir. Anoto insignificancias en la libreta, mientras escucho un par de clicks más, y veo la mano de mi compañero sacudiendo las instantáneas. Pasan los minutos, se nos va quitando el asco; esperamos con ansia y morbo que abran otro barril de los dos restantes. El mismo olor picante y el mismo líquido rojo. No era broma lo del pozole.
Los crímenes del oficinista por Eloi Yagüe Jarque
Aquel oficinista llevaba un minucioso registro de sus crímenes. Cuando la policía fue a arrestarlo descubrió todos los cuerpos troceados en cuartos. Las cabezas estaban debidamente archivadas y clasificadas en sobres Manila de tamaño carta, oficio o extra oficio, según el caso. Cada una tenía su respectiva etiqueta amarrada a la lengua morada. Las armas homicidas —pinchapapeles, pisapapeles, engrapadora, dispensador de teipe y cenicero— permanecían correctamente alineadas sobre el escritorio de fórmica beige proclamando su engañosa inocencia. En un informe que reposaba sobre la mesa, el oficinista daba cuenta a las autoridades de cómo había matado a cada una de las víctimas.
—Si no hubiera sido tan ordenado —dijo sonriente al oficial que lo esposaba— jamás me habrían descubierto.
—Cometiste un error imperdonable—respondió el comisario Fragachán—. Cuando nos mandaste el informe pensaste que te creeríamos loco y no lo tomaríamos en cuenta. Pero para pegar el sello lo humedeciste con tu lengua, que todavía tenía restos de sangre. Nos regalaste tres valiosas evidencias: tu huella dactilar, tu ADN y la sangre de tu jefe. Te estoy muy agradecido: es uno de los casos más fáciles que me ha tocado resolver.
La intrigante aparición de sucesos de cambio de género por José Manuel Navarro Llena
Irene se subió el cuello del abrigo para protegerse del repentino escalofrío que había recorrido su espalda al salir de madrugada del pub donde trabajaba. Miró hacia atrás instintivamente, presintiendo que alguien la estaba observando. Pero el vacío gris de las calles húmedas le devolvió la tranquilidad.
Al pasar delante del portal del número 21, una sombra se le abalanzó. El contacto frío y punzante de una navaja se aferró a su cuello como una lapa hiriente. El corpulento atacante la miró fijamente y le hizo saber cuáles eran sus bajas intenciones. Irene dejó de forcejear e intentó decirle que no iba a resistirse. Pero el miedo la había paralizado. Sólo el temblor de la mandíbula delataba su perturbación.
Un hilo de sangre descendió por su cuello mientras el violador la obligaba a bajar la cabeza para hacerle una felación rápida. Llegado el éxtasis, una leve briega precedió a un grito desgarrador. La sangre manchó escandalosamente el portal bajo un cuerpo inerte.
El presentador de las noticias matinales anunció con voz lacónica la aparición en extrañas circunstancias del cuerpo emasculado de un hombre joven. Con él ya eran trece los casos que se habían producido en los últimos diez meses.
¡Jodidos caimanes! por José Luis Romero
La patrulla se detuvo junto al cuerpo. Eustaquio bajó dos dedos la ventanilla, echó un vistazo rápido y la subió. Hacía un frío que pelaba los cojones.
-Chaval, échale tú un ojo.
David saltó del coche y se aproximó hasta el cuerpo mientras renegaba. <<¡Caimanes!>>. Se echó sobre el cadáver y lo fisgoneó con curiosidad policial: una mancha de orines empapaba sus pantalones. <<Supo que iba a morir>>, pensó. Luego se enguantó una mano y palpó sus bolsillos. No encontró nada. Eustaquio bajó nuevamente un par de dedos la ventanilla.
-¿Hay algo?
David sacudió la cabeza.
-Pues vente.
David volvió pálido.
-Es un moro. Le han rajado el cuello de punta a punta. ¿Qué hacemos ahora?
-Confía en el caimán, chaval.
Eustaquio hizo suya la portadora.
-MX-401 para Central.
-Aquí Central –respondió una voz enlatada.
-Ambulancia muy urgente. Hombre con herida de arma blanca.
-Recibido -crepitó la voz.
David abrió una boca como una O mayúscula.
-¿Has dicho hombre con herida de arma blanca?
-Sí, eso he dicho ¿Eres médico acaso? No pienso pasarme toda la mañana aquí con esta mierda.
David se bajó dando un portazo, indignado, mientras a lo lejos comenzaban a oírse las primeras sirenas.
<<¡Jodidos caimanes!>>
La puta más buena del mundo por Bartolomé Leal
Una noche pasaba por estación Mapocho en autobús. Allí se sitúan los mercados de productos agrícolas: abundan cargadores, choferes, vendedores de baratijas y subempleados. En la esquina de calles Esmeralda y San Antonio de Padua se instalan unas rozagantes putas al servicio de ese microcosmos. Rancias, vulgares, pintarrajeadas, siempre sonrientes. Noté que un joven espástico se había acercado tímidamente a Soledad. La miraba con ganas, contoneándose merced a su enfermedad.
La puta hizo con la cabeza un gesto de vamos, mientras le ofrecía sus contundentes tetas. El espástico aceleró sus movimientos, nervioso. La puta repitió el gesto. Finalmente se acercó, lo tomó del brazo, le dijo algunas palabras y partieron. Bajé del autobús. Los seguí hasta que la bondadosa puta gorda y al ardoroso joven con mal de San Vito, como le llaman acá, se metieron en el oscuro callejón Lídice. En un rincón meado de orines las putas prestan servicios a módico precio…
Soledad empezó su trabajo frotando el tembloroso pene del muchacho, quien con los ojos en blanco y espuma en la boca, luchaba por lograr una erección. La puta me sorprendió. Chilló: ¡Si me espantas al cliente, te mato, Bartolomé! ¡Mirón degenerado, como todos los escritores, carajo!
Venganza por Juan Ignacio Colil Abricot
Desde el primer momento quise vengarme. Día tras día me repetí que apenas saliera lo buscaría y le haría pagar su traición. Imaginaba las formas en que cumpliría mi deseo. Soñaba que me pedía perdón, que se arrodillaba, que se humillaba ante mí y yo como si nada. Le asestaría un puntazo directo, certero, que lo arrojaría al suelo y se desangraría lentamente. Le pondría una mordaza para no oír sus lamentos y me quedaría a su lado para ver como se apagaba de a poco. Me iría casi al final para que muriera solo, para que sus ojos se fueran cargados de soledad. A veces me amanecía pensando en lo que le diría, imaginando su rostro convulsionado por la sorpresa. Los cinco años terminaron y salí por fin. Me tomé unos días para habituarme y descubrí que mes tras mes me inventaba excusas para no buscarlo. Incluso me llegué a decir que su traición no había sido tan grave. Me convencí y me olvidé del asunto. Una vez lo vi en la calle y lo seguí. No quise escucharme. Lo seguí hasta que tuve la oportunidad, lo tomé del cuello. Creo que me reconoció y alcanzó a decirme hijo.
Una ligera confusión de Jorge Fernández Bustos
El joven, con lágrimas en los ojos, había desarmado y golpeado cruelmente a quien había disparado contra el cuerpo de la hermana de su mujer y sin embargo se lo llevaban preso. Ella lloraba histéricamente al lado de su hermana recién tiroteada, perdiendo sangre a borbotones, y sin embargo se apartaba de ella como de un apestado y casi la pateaba en el piso. La pistola, una Walther p22 (5,5 mm) todavía humeante, entre los dedos índice y pulgar del teniente, era introducida en una bolsa transparente. Miríadas de curiosos se arracimaban en torno a la escena, como si se repartiera algo gratis, impidiendo muellemente las labores de la policía y la ambulancia. Los maderos, inútilmente, trataban de dispersar la masa anónima, cada vez más abundante en aquella tarde de domingo, mientras los camilleros se abrían hueco entre la multitud. El autor de los disparos, en el suelo, con una brecha en la cabeza, exigía la totalidad del pago acordado y calificaba de traidor al reo. La moribunda, desangrándose en la camilla, agarraba la mano de su cuñado, jadeaba en su oído, “cariño, tuviste que contratar al más torpe de entre los matones para que nos proporcionara la dicha eterna”.
Patrulla de rescate de Pedro Avilés
Eva consiguió pulsar el botón de alarma del móvil a duras penas.
— Mírame —dijo él.
Silencio.
— Que me mires, joder.
Silencio.
— ¡Mírame, coño!
Silencio.
El camión de la basura, a las dos, puntual, carraspeó cansino en la madrugada triste del barrio popular. La luz de la farola de enfrente, intermitente, titilante, aliada del frio, penetrando los vidrios rotos de la ventana de la cocina, iluminaba el sombrío rostro del hombre.
Estarían al llegar.
— No me hagas esto.
Silencio.
— ¡¡Que me mires, hostia!!
Qué miedo.
Eva obedeció. Levantó la mirada desde el suelo hasta la cara congestionada de él.
El cuchillo en la encimera.
Llegarían a tiempo.
— No me hagas caso, mi amor —cambió él de registro, una mano levantada hacia el rostro de ella en ademán de caricia inconclusa—. Voy a cambiar. Te lo juro.
Silencio.
— ¡Mírame a la cara!
Ya vendrían de camino, raudos a salvarla.
— ¿Qué tienes escondido en la mano, so puta?
Eva escondió el móvil.
Tenían que estar en el portal; ya subían, seguro.
— ¡¡Les has llamado, cagondiós!! —repitió él, cuchillo en mano.
Llegaron a las siete. La sangre coagulada de Eva irisaba el linóleo del piso de la cocina cuando entraron.
Ya no respiraba.
El Paquete de Francisco Piquero
Jimmy me trajo el paquete a media tarde. Su forma era inconfundible. Jimmy lo sostenía con torpeza. Era evidente que no solía portar paquetes como aquel. Me levanté para tenderle la mano como hacía todos los miércoles cuando llegaba a recoger la recaudación. Lo dejó sobre la mesa, al lado del viejo cenicero sembrado de cigarros. Lo miré. Fumar, pensé entonces; estirar unos minutos el tiempo, dilatar lo inevitable, repasar una vez más el procedimiento mil veces imaginado. Pero nada de eso era posible, así que volví al raído sillón y rasgué el papel encerado con un ligero temblor en las manos, que traté de disimular con una sonrisa y una frase intranscendente. Sabía lo que representaba aquel paquete para quien me lo había enviado. También sabía lo que significaba para mi vida en la organización. Jimmy, sin embargo, no sabía nada. Un mes antes me habían dicho: cuando recibas el libro debes actuar inmediatamente. Así que fingí interesarme por el título mientras mi mano extraía la pistola del cajón, y me dispuse a cumplir con mi cometido. Jimmy se quedó helado al ver el cañón señalándole la frente y aún así acertó a decir sus últimas palabras: ¿Peter Pan?
Hipoxia erótica por Irene Carracedo
Le conocí por Internet. Teníamos gustos parecidos. Nos llamábamos y quedábamos de forma esporádica. Nuestros encuentros no tenían rutina fija. ¿Si sabía que estaba casado? Pues no, aunque tampoco me importaba. Oiga, yo no buscaba una relación romántica con príncipe azul incluido. Ya soy mayorcita para saber lo que quiero ¿vale? No me mire así, no soy ninguna puta. Seguro que lo suyo es el polvo del sábado por la noche y el domingo después de la siesta. Se le nota en la cara que no ha comido fuera de casa, pero es de los que se mueren por saber de qué va la cosa. He conocido unos cuantos que al principio dicen estar dispuestos, pero en cuanto les propones ir un poco más allá se acojonan. ¿Qué tiene de malo probar cosas? Pero no es más que un juego, un juego excitante. Un caminar por esa línea entre lo divino y lo eterno, entre la vida y la muerte. No soy ningún bicho raro, no me mire así. Él sabía a qué se exponía. No puede estar hablando en serio ¿verdad? No pueden condenarme por homicidio… yo no lo maté, yo sólo me lo follé. Él sólo se ahogó.
El espejo por SGCI.
Apuró una última calada al cigarrillo sin filtro que sostenía distraídamente entre sus dedos mientras observaba, de espaldas a la cama, con una mezcla de vanidad y repugnancia, el efecto que el parpadeo del luminoso del local a pie de calle causaba en aquellas largas piernas reflejadas en el espejo de la puerta abierta del armario, desnudas. Apagó la tagarnina -lo que quedaba de ella- espachurrándola en el foso del cenicero caparrosa de Cinzano y se puso en pie. En el ambiente, el humo se mezclaba con el olor a rancio y la humedad de aquél infame cuartucho, y lo único que se escuchaba era el tintineo de la cadena del ventilador del techo encendido golpeando contra el latón de la cazoleta, justo encima del catre sobre el que yacía su última víctima. Se acercó a la ventana de guillotina y levantó una cuarta la hoja inferior. Tomó una ducha, sin prisas; prefirió secarse al aire antes que usar una de las nauseabundas toallas del hostal.
Terminó de vestirse.
Echó un vistazo a su alrededor sin detenerse en aquella figura inerte, abandonó la habitación, y la estela de sus piernas se llevó consigo el eco de sus zapatos de tacón.
Caso Resuelto de Eduard Pascual
El inspector estudió los dos cadáveres que yacían en el centro del almacén. Al policía le cerró los ojos, mesó sus cabellos y le pasó el pulgar por los labios apagados. Al otro desgraciado lo reconoció enseguida; un carterista habitual echado a perder. Apartó la pistola de su mano y la entregó a uno de los agentes, que esperaba con una bolsa abierta.
Abel miró a la patrullera.
—¿Qué ha pasado?
—Una llamada anónima… —respondió ella— Nos separamos; ese tipo apareció de pronto con un arma en la mano. Disparó a mi compañero, no esperé a que hiciera lo mismo conmigo.
Desafiante, meneó la cabeza y señaló al policía muerto.
—Cuándo le has besado, ¿antes o después de matarlo?
—Eres un cabrón, Abel. No tiene ni media gracia.
—Eso dicen todos. Bruno, ponle los grilletes.
—¿Inspector…?
—¡Que le pongas los grilletes a esta puta!
El inspector se acercó al cuerpo de su amigo.
—¿Cómo has sabido…? —Intentó ella.
—Pequeños detalles. Me contó que estabas obsesionada con él… Tiene carmín en los labios; él jamás te hubiera besado, era homosexual, ¿no lo sabías? Tal vez tampoco supieras que el indigente era zurdo, le has puesto la pistola en la mano derecha.
Andan Buscándome por Rig O’Letto
No puedo asomar por los ambientes que yo frecuentaba, ni contactar con mi gente. Ni asomar por el bar de Nico, ni llamar por teléfono a Norma, ni asomar por mi casa. Un hotel discreto y a esperar con la pistola cargada. Andan buscándome.
Las consecuencias pueden ser terribles para mí. A mi compinche Patón ya le han dado una paliza, y él sabe por qué, aunque dice desconocer las causas.
Yo sí que las sé. En este ambiente, al menor fallo, a la menor sospecha, te sobreviene una paliza, un accidente, una pierna coja o un tiro por la espalda. No seamos ingenuos. Se vive bien sin conciencia, pero a veces, la conciencia te pasa factura...
Que se lo pregunten a Bo, que tuvo que dejar la ciudad, o a Tony Alff, que va de clandestino desde hace tanto tiempo, o a Claire, que mantuvo sus secretos tanto tiempo para camuflarse... En este ambiente, todo se paga. Y a mí, andan buscándome.
A veces pienso terminar pronto: lo que no sé es si debo pegarme un tiro yo mismo o entregarme para que me lo pegue otro. Porque me encontrarán y me lo pegarán. Por eso, porque andan buscándome.
Entre tus labios y la risa de ella por Yamilet García Zamora
Abrirás los ojos y verás el mundo rojo, la pared salpicada, una morbosidad entre tus piernas. Intentarás agitar una mano pero el brazo estará en el piso. Pensarás mover un pie que ya no existe. Estoy soñando, dirás, es una pesadilla Pero el cuerpo que ya no es desmentirá cualquiera de tus posibles ideas. Y como en cámara lenta recordarás la risa de ella, el éxtasis que todavía persistirá, más allá de la nada. El primer mordisco entre el placer y el dolor. La verás mientras la televisión vomitará noticias. Sabrás, desde esta distancia, que será la última mirada: tus ojos caerán a los pies de la cama. Persistirá una mezcla de asombro entre tus labios y la risa de ella. Porque la muerte no llegará pronto, ni sola. Ella te irá contando de un tiempo que no recordarás, de una violación que habrás enterrado hace lustros. De una niña, 12 años asustados y un rostro impreciso. Y sentirás que el sexo que un día adoraste a fuerza de penetrar casi niñas ha sido devorado entre jubilosos empaches de hembra hambrienta. Un último flechazo de conciencia te dictará las palabras del televisor: Loca homicida lleva tres asesinatos de hombres mutilados.
Negocio Familiar por Inés Pradilla
Esta noche pienso en padre. Cada robo era una ceremonia que nos unía. A él, a Sal y a mí. Padre lo encontró en la la calle y le puso Sal porque era muy soso. Yo lo llamaba primo
-Nuestra empresa familiar -decía padre.
Mi primer robo fue a los 7 años. De su mano. Choqué con aquel hombre.
-Siempre vas distraído -me regañó padre.
Fue poco dinero. No importó. Sal era dos años mayor y traía un buen botín.
Han pasado diez años. Hace tres meses encontramos a padre descalzo, con un tajo en la garganta y la boca llena de billetes. Sal tropezó con sus botas y lloró. Mientras, yo intentaba cerrar la herida.
La poli dijo que fue un ajuste de cuentas.
Primo estudia para poli. Yo sigo con el negocio y guardo su parte, por si vuelve.
Esta noche pienso en padre. Y en Sal tropezando con sus botas.
Se abre la puerta. Es Sal. Le doy su parte.
Su pistola apunta a mi cabeza. Con la otra mano enrolla los billetes.
Mira con ojos de policía. Padre sólo se quitaba las botas en familia.
-Tengo una empresa más grande -me dice.
Luego aprieta el gatillo.
Cuidado con los espejos por Roberto Malo
El agente de policía Scott Dodge se lavaba los dientes en el baño de su casa. Mientras tanto, John Leck, conocido asesino de policías, se encontraba forzando la puerta del balcón de la casa de Scott.
Con la experiencia de tantos allanamientos, la consiguió abrir y entró sigilosamente al interior. Echó la mano diestra a la bota derecha y sacó de allí su navaja automática. Con ella, sintiéndose como el ángel de la muerte, avanzó por un pasillo de color malva, hacia las tenues luces que salían de la puerta abierta del baño. Con sumo cuidado llegó hasta el marco de la puerta. Estiró el cuello y vio la espalda del policía. Sonriendo, alzó en el aire la mano que empuñaba la navaja.
Sin embargo, el reflejo del policía que estaba en el espejo vio al asesino. En cuestión de un segundo, tomó la pistola y le disparó seis veces: seis balas se alojaron en el estómago del asesino. Sin comprender, todavía con la navaja en la mano, se derrumbó envuelto en sangre.
Al escuchar el ruido, el policía se dio la vuelta. Cuando vio al asesino, tumbado en el suelo, le dijo: “Lo siento. Ha sido un acto reflejo”.
Un golpe por Jokin Ibáñez
La joyería estaba ya desierta. Txema, con su extraordinario parecido con el consejero de sanidad, bien peinadas las canas, abrió el camino. Joseba y yo, uno a cada lado, le librábamos de todo mal.
La pipa brincaba en mi sobaco. Joseba llevaba la recortada cruzada en la espalda y Txema se encargaba de la bolsa y del martillo.
El propietario, un pimpollo todo reverencias, se nos acercó rompiéndose la espalda al saludar. Seguro que iba a necesitar un buen masaje. ¿Se lo daría la morenaza que se quedó tras el mostrador acristalado?
Txema extrajo el martillo y con un solo golpe montó un lío descomunal. La vidriera estalló en brillantes pedazos, arrastrando gemas, relojes, collares y pulseras. La sirena de alarma aulló, destrozando los tímpanos, hasta la locura. El seco ladrido de la recortada detuvo el impulso del guarda jurado, un tipo guaperas, chulo, joven y, por lo visto, novato. El reverencias cayó al suelo. La tía morena no se calló, chilló.
Otro guarda tripón apareció por la puerta de un baño disimulado al fondo, pipa en mano, la bragueta abierta de par en par, mostrando un calzoncillo amarillento.
Le disparé un par de tiros.
Y fallé.
Pero él no.
La paliza de Jesús Lens Espinosa de los Monteros
Anoche me dieron una paliza. No fue una pelea. Fue... eso. Una paliza. Dos tipos me agarraron en la calle, de noche, y me apalearon. Con saña y delectación. No me dijeron nada. Sólo me pegaron.
La policía dice que no eran profesionales, que me zumbaron sin ton ni son. No lo entienden. No fueron unos niñatos pandilleros. Ni unos punkies drogados o unos skin heads ahítos de alcohol. Por lo poco que tuve ocasión de ver, eran dos tipos normales y corrientes.
No me han robado, no le debo dinero a nadie ni tampoco le pongo los cuernos a mi pareja. No he tenido ningún enfrentamiento recientemente, ni en el trabajo, ni con los vecinos. No he tenido ningún accidente de tráfico y no me he metido en jaleo alguno. Ni la cosa más simple. No milito en partido político u organización alguna y jamás me he presentado a ninguna elección. Soy un ciudadano normal con una vida normal. Y corriente.
Y aquí estoy. Insomne. Incrédulo. Inconsolable. Con dos costillas fracturadas, un desprendimiento de retina, los riñones machacados y sorbiendo zumo a través de una pajita. Porque anoche me propinaron una salvaje golpiza y aún no entiendo el porqué.
La casa de los detectives de Fernando Cámara
De noche. Los balcones de los detectives están abiertos, los fluorescentes y los flexos de cada despacho encendidos. Llevan informes de acá para allá; los revisan, meditan, se miran... Toquetean la punta de sus corbatas mientras se susurran datos y fuman unos cigarrillos que reparte el más joven.
Uno de ellos, con bigote poblado y chaqueta prieta, repasa en su mesa los papeles que algunos le dan ayudándose de su bolígrafo, a modo de puntero. De vez en cuando alza el brazo y alguien le obedece trayendo cosas. Éste debe ser el jefe de los detectives.
Uno de los investigadores se recoloca las mangas de la camisa, se pone la chaqueta y se echa a la calle tras ajustarse el sombrero en el portal. Mira la dirección que le apuntó el jefe en un sobre roto y marcha sorteando las últimas goteras de la lluvia. Seguramente acabará forzando la puerta de alguna pensión de mala muerte para obtener las pruebas definitivas del caso.
Silencio.
Madrugada.
Maúlla un gato.
Aparca un coche.
Risas en el bar de abajo.
Los detectives se retiran.
Se desnudan los percheros.
Los niños ya se han dormido.
Y yo también. Y sueño que es de noche.
Punto de mira de Juan Maria Bravo
Nunca llegarás a nada— decía la cabrona de ella.— Nunca llegarás a nada.
Tendría que verme ahora subido en lo mas alto, todo el mundo pendiente de mí, pero se murió la hija de puta antes de poder darme revancha. La metástasis se la fue devorando poco a poco hasta consumirla.
Se lo merecía.
Durante veintisiete años estuvo jodiéndome la vida con el cianuro que escupían sus palabras impregnadas de asquerosas babas.
Tendría que verme ahora la hija de puta. Disfrutaría contemplándome en todos los noticieros, estoy seguro. Apartaría el desprecio habitual de sus ojos negros para dejar un hueco al orgullo. Eso sí, nunca reconocería que tuve mas cojones que Espartero para hacerlo.
Como disfrutaría la hija de puta viéndome aquí arriba enfocar por la mira telescópica de mi Súper Match a alguno de sus conciudadanos, esos mismos que ella odió con tanto rencor. Los mismos que acabaron matando a mi padre y me condenaron a vivir cada uno de los días de mi asquerosa vida salpicado por el veneno y la ponzoña del resentimiento.
Ahora desde el campanario espero abrir sus pensamientos con un cartucho para cada uno de ellos. Gastaré todos, menos uno.
Como disfrutaría mi madre.
La esfinge de Monica Sacco
La miro y me devuelve la mirada con indiferencia de esfinge. No la esfinge egipcia, faraónica y viril, sino la tebana, femenina y devoradora de hombres. Su belleza me conmueve. Su crueldad, también. Su languidez engaña. Su pereza es sólo fingida. Simplemente, espera el momento de actuar con la confianza en sí misma que la caracteriza.
Nunca ha fallado. Es eficaz y certera. No se ensaña inútilmente y la admiro por eso. Podría ser mucho más violenta: conozco sus instintos. Pero sabe refrenarlos al momento de los hechos. Es perfecta. Le sonrío. Ella sabe porqué. Vuelve a mirarme y sus ojos me dicen que será pronto. Ya quisiera yo tener su arte. Por eso la elegí: por su perfeccionismo. Sé que disfruta del instante supremo de matar y eso me da escalofríos. A veces me cuestiono los porqués de no hacer yo mismo su tarea. ¿Cobardía? ¿Asco? ¿Miedo? Sólo sé que prefiero que ella se encargue. Es lo mejor para los dos. Ella mata por mí, yo pago por sus servicios. Es un buen arreglo. Ah, ya se apresta. Cada músculo de su bello cuerpo es parte de una sinfonía negra. Allá va. Espera. Acecha. Mata. Regresa. Mi gata negra.
Es muy fácil de Francis P. Fernández
El hombre bajó del tren arrastrando el maletón con estrépito. Atrayendo miradas curiosas, jocosas o bovinas. Rehuyendo las ayudas indeseadas; indeseables.
Se quedó allí plantado esperando la llegada de uno de los mozos y, sin mediar palabra, le indicó el camino de la consigna. Allá llegaron envueltos en las vaharadas de vapor y escándalo que inundaban el anden.
Una propina bien medida, justa para la salvaguarda del anonimato.
El empleado de la consigna, acostumbrado a los bultos pesados, a los viajeros sin rostro, se limitó a pesar el maletón, proceder al cobro, actualizar el estadillo y cumplimentar el recibo. Segundos después de que el cliente saliera ya habría sido incapaz de recordar su aspecto. Otro más.
Llovía a cántaros.
El hombre, tras quemar el recibo en el interior de los servicios, cruzó a buen paso el vestíbulo atestado de la estación y se arrebujó en el interior de la gabardina antes de zambullirse, de disolverse, en la cortina de oscuridad y agua.
Dentro del maletón, al fondo de la consigna, los pedazos de la víctima, bien desangrados y envueltos en papel de estraza, esperaban la hora del alumbramiento. Torso, brazos, piernas, pies, pero no manos y tampoco cabeza.
Qué fácil.
Defensa Propia de Pedro de Paz
La luz azul de los rotativos destella sobre las paredes del callejón. Los agentes deambulan de un lado para otro alrededor del cadáver. El inspector Tejada aspira una calada de su cigarrillo mientras observa la escena apoyado sobre uno de los coches patrulla. De las ventanas próximas llegan los ecos de un saxo cuya ejecución perpetra alguien poco avezado. Harlem Nocturne de Earle Hagen. «Mierda —piensa Tejada—, desde la serie Mike Hammer todo el mundo se cree con derecho a destrozar la puta canción».
—Tres disparos. Dos en la espalda y uno en la cabeza. A quemarropa —anuncia Alonso sin la menor emoción.
—No —musita Tejada.
—¿No?
—No. Pondrás que fue a varios metros de distancia. Yo alegaré defensa propia.
Alonso sonríe con desgana.
—Los de la espalda van a ser difícil de justificar.
—Me da igual. Rellena el informe y pon lo que te he dicho.
—Pero…
—Ni pero ni hostias. Ese no volverá a poner la mano encima a ningún otro niño.
Tejada abre la cartera y contempla las fotos de sus dos hijos. Luego, alza la mirada para posarla con desprecio en el cuerpo derrumbado en el suelo. Quizá haya sido, en efecto, en defensa propia.
Carretera vacía de Juan Ignacio Colil Abricot
Lo primero que vi fue su rostro. Tenía una mancha de sangre que lo cubría casi entero. Estaba fría. Me levanté asustado, temblando. Al acostarme ella estaba muy lejos de mí. De hecho lo nuestro había terminado. El sol anunciaba una mañana calurosa, sofocante. No tenía razones para explicar su fría presencia. Con mucho cuidado la envolví en una alfombra. Pensaba en ella, en su sonrisa, en sus ojos y también pensaba en la alfombra que ella me había regalado en un arranque de amor textil. Como pude la subí al techo del auto, la amarré y salí tratando de no levantar sospechas. Anduve durante horas, siempre dirigiéndome al sur. A ratos me olvidaba de ella. Sabía que tenía que buscar un camino lateral y luego otro más pequeño hasta encontrar el sitio perfecto para abandonarla. Pensaba en su rostro, en las últimas palabras que me había dicho y no lograba entender como había llegado hasta mi cama, a mi lado, quién le había hecho eso que no me atrevía a nombrar. Me estacioné para cargar combustible y aproveché de ir a un baño. Fue cosa de minutos. Al volver alguien había robado mi alfombra. Regresé por una carretera vacía.
Nunca cambiaré por Ricardo Bosque
Mi sexta víctima de la tarde está, literalmente, pegada a la pared, paralizada por el terror que le provoca haber visto lo que acabo de hacer con sus hermanos. Con ellos no he tenido compasión aunque tampoco he querido ensañarme. Simplemente era su destino, así que tampoco pretendía hacerles sufrir innecesariamente.
Es el más pequeño de todos. Quizás por eso, el más escurridizo y el que más resistencia opone. Lo sujeto por el cuello con firmeza, para que no dude acerca de quién manda aquí. Me mira, incapaz de hablar, pero a su manera me implora que no le haga daño. No le sirve de nada.
El primer golpe le cae en la cabeza sin que tenga tiempo para reaccionar. Apenas tiene fuerzas para gritar cuando le cae el segundo, luego el tercero... Ya puedo soltarle, está claro que no va a volver a moverse y me dedico a rematarle a placer. Cuatro, cinco, seis golpes y la faena esta concluida.
Dicen que no tengo remedio, que jamás seré capaz de reinsertarme, que por mucho que me encierren en la caja de herramientas nunca cambiaré.
Pero, qué quieren que les diga, ya lo cantaba Pedro Navaja: si naciste pa' martillo...
Un Concurso Criminal de José Javier Abasolo
Un concurso. Doscientas palabras para matar. En un blog dedicado al género negro. Un problema: los concursantes. Muchos, seguro. Muy buenos, posiblemente. Y muy vagos, doscientas palabras no cansan tanto como doscientos folios. Resumiendo, muchos competidores. No, rectifico, muchos enemigos. Demasiados.
¿Quiero ganar? Sí. ¿Va a ser fácil? No. Conozco el blog, sus lectores saben lo que es el crimen, lo que es acechar en la noche para dar el último y definitivo golpe.
Hago labor de espionaje. Les veo, les leo. José Andrés Espelt. Pedro Avilés. En otros momentos podrían ser amigos. Ahora estorban.
Recibo un chivatazo. Me hablan de Ricardo, Jesús, Fran, tal vez Joserra y Ezequiel, Irene o…, mejor no seguir, me deprimo.
¿Difícil? Sí. ¿Imposible? Se trata de crímenes, ¿no? Sí. ¿Y quién sabe mucho de crímenes? ¿Tú? Sí, yo. ¿De ficción? Sí, pero, ¿dónde está el límite entre ficción y realidad?
Una única posibilidad. Matarlos a todos. Tengo los modelos: Raúl, Andreu, Ledesma, Montalbán, muchos más. Paso a la acción. Uno a uno van cayendo todos. No saben lo que ocurre, simplemente mueren. Creían que era un juego. Y lo era. Mortal.
Los he matado a todos. Con doscientas palabras letales. La victoria es mía.
Denuncia de una coma de Sergi Álvarez
La denunciante es una coma que trabaja a horario completo en una novela policíaca de escasa calidad y bastante éxito
La denunciante ha declarado que estando en horario de trabajo fue empujada por la espalda cayendo de bruces sobre el suelo de la página Que primero pensó que había sido un accidente pero que al volverse pudo comprobar que era seguida por unas comillas y que estas además se estaban burlando de ella
La denunciante añade que presentó la queja correspondiente a la autoridad competente en concreto a la dirección de la editorial y que no sólo fue ignorada sino que su situación se agravó al repetirse la misma escena en la siguiente lectura y darse cuenta de que esta vez las comillas venían acompañadas de un grupo de vocales y consonantes en actitud intimidatoria que en su conjunto formaban la siguiente oración
“ha llegado tu hora, puta”
La denunciante se siente acosada y amenazada y a la espera que este expediente llegue a los tribunales ha sido sustituida en su puesto de trabajo por el punto y final de la presente que siempre quiso trabajar en una novela policíaca buena o mala en vez de en una aburrida denuncia,
Sixteen Tons de Pedro Avilés
Entró una vez más en el salón repleto de dolientes y observó el ataúd con la chiquilla dentro. Tan bonita. Que hijo de puta tan grande el que quebró sus huesos tiernos, aquel que holló sus carnes, sus redondeces impúberes, sus huequitos mórbidos. La luminosidad del traje de comunión con que la había amortajado su madre transmitía a su carita un halo de paz serena; la muerte, pensó con horror. El día pintaba oscuro. Es lo que queda de toda una noche de vela.
— ¿Qué dice la Policía? —preguntó alguien por preguntar algo.
— Nada —contestó él, compungido. Cuanto más cercano a la niña se estaba, con más conmiseración le miraban a uno.
— Es la hora —añadió, sintiéndose como Ernie Ford.
— Ocúpate, Manuel —le autorizó el padre de la occisa, su amigo más íntimo.
Le indicó al de la funeraria que tapase el ataúd. La madre gimió queda, discreta, ausente.
En el cementerio, Manuel suspiro con el chirrido del ataúd entrando en el nicho tenebroso, las manos a la espalda. Esto facilitó la maniobra del funcionario de Policía con los grilletes. Se volvió, le miró a los ojos. Eran negros y dulces. Ese hombre le había quitado dieciséis toneladas de encima.
Crisis inmobiliaria de José Andrés Espelt
No existe el cariño ni la amistad cuando has realizado un buen trabajo.
El dinero lo puede todo, incluso el amor de una mujer. Javier no lo pensó dos veces en descargar todo su cargador de una 18 a su “cari”. Muerta valía más que viva.
No le tembló la mano al liquidar a Manu, su hermano, ni tampoco al Flecha, su amigo.
Lo único que no le gustaba era cavar con una pala un gran hoyo para esconder los tres fiambres.
Pensó por primera y última vez. Vio un enorme agujero, que se tendría que cubrir de hormigón. No dudó. Arrastró los cadáveres y los lanzó al fondo de aquel medio pozo.
Encendió la hormigonera, y recordando sus tiempos de mozo se manchó sus manos con cemento, agua y arena. Cuando estuvo lista la pasta, lanzo un crucifijo de madera y rezó por sus almas perdidas. Inmediatamente dirigió el canal de la hormigonera hacia el agujero y los cuerpos desaparecieron en varios segundos. Sus vidas eran el pasado y él tenía presente.
Sabía que tardaría en secarse. La empresa constructora estaba en suspensión de pagos, y si alguna vez cimentaran de nuevo, esa fosa quedaría olvidada en la memoria.
Las 200 palabras de Novelpol

Empezamos un concurso "Las 200 palabras de Novelpol".
En ese límite tendremos que construir un cuento-relato de género negro-criminal. Cada día se publicará en el Blog el que se reciba o reciban. El premio los 5 mejores libros de lengua castellana de 2008. El final del concurso lo vamos a fijar el 31 de Diciembre de 2008.
Para enviar la dirección electrónica será: crucedecables@gmail.com
PD. No valdran ni 199 palabras ni 201. 200+Título y autor.
Enhorabuena, y ahora pondré un ejemplo en el siguiente post, que no entra en concurso.
Mucha Suerte







