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La Paliza por Antonio Rodríguez Bautista

Aquella noche no pude dormir. El dolor, los gritos, los golpes, las imágenes borrosas me llegaban a borbotones y el sueño no pudo enhebrar ni una sola cabezada.

A la mañana siguiente tenía los ojos hinchados, me dolía la cabeza y mi cuerpo era un haz de trigo esparcido sobre la era, pisoteado por los cascos de los caballos, machacado, dolorido y con moratones en el alma.

Un amanecer perezoso comenzaba a tender, sobre los tesos esponjosos de sueño, una colcha nacarada, mientras las cuadrigas de Helios iban derramando, sobre ella, pinceladas de ocre mortecino y el paisaje comenzó a impregnarse de un halo fantasmagórico.

Intenté levantarme pero no pude, los golpes habían masacrado mis fuerzas, mis ojos a penas podían abrir su diafragma y mis manos palpaban sábanas desconocidas, un colchón húmedo, con olor a musgo; no sé dónde me encontraba.

       Repté como serpiente apaleada y conseguí llegar a una carretera de tierra, donde me desvanecí. Alguien me debió recoger y me llevó el hospital. Bajo unos focos de luz hiriente, mientras curaban las heridas purulentas de mi cuerpo, las preguntas removieron la pestilencia que los porrazos, los insultos y el ultraje dejaron en mi alma la noche anterior.

 

 

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