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Los crímenes del oficinista por Eloi Yagüe Jarque

Aquel oficinista llevaba un minucioso registro de sus crímenes. Cuando la policía fue a arrestarlo descubrió todos los cuerpos troceados en cuartos. Las cabezas estaban debidamente archivadas y clasificadas en sobres Manila de tamaño carta, oficio o extra oficio, según el caso. Cada una tenía su respectiva etiqueta amarrada a la lengua morada. Las armas homicidas —pinchapapeles, pisapapeles, engrapadora, dispensador de teipe y cenicero— permanecían correctamente alineadas sobre el escritorio de fórmica beige proclamando su engañosa inocencia. En un informe que reposaba sobre la mesa, el oficinista daba cuenta a las autoridades de cómo había matado a cada una de las víctimas.

         —Si no hubiera sido tan ordenado —dijo sonriente al oficial que lo esposaba— jamás me habrían descubierto.

         —Cometiste un error imperdonable—respondió el comisario Fragachán—. Cuando nos mandaste el informe pensaste que te creeríamos loco y no lo tomaríamos en cuenta. Pero para pegar el sello lo humedeciste con tu lengua, que todavía tenía restos de sangre. Nos regalaste tres valiosas evidencias: tu huella dactilar, tu ADN y la sangre de tu jefe. Te estoy muy agradecido: es uno de los casos más fáciles que me ha tocado resolver.

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