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Patrulla de rescate de Pedro Avilés

Eva consiguió  pulsar el botón de alarma del móvil a duras penas.

— Mírame —dijo él.

Silencio.

— Que me mires, joder.

Silencio.

— ¡Mírame, coño!

Silencio.

El camión de la basura, a las dos, puntual, carraspeó cansino en la madrugada triste del barrio popular. La luz de la farola de enfrente,  intermitente, titilante, aliada del frio, penetrando los vidrios rotos de la ventana de la cocina, iluminaba el sombrío rostro del hombre.

Estarían al llegar.

 — No me hagas esto.

Silencio.

— ¡¡Que me mires, hostia!!

Qué miedo.

Eva obedeció. Levantó la mirada desde el suelo hasta la cara congestionada de él.

El cuchillo en la encimera.

Llegarían a tiempo.

— No me hagas caso, mi amor —cambió él de registro, una mano levantada hacia el rostro de ella en ademán de caricia inconclusa—. Voy a cambiar.  Te lo juro.

Silencio.

— ¡Mírame a la cara!

Ya vendrían de camino, raudos a salvarla.

— ¿Qué tienes escondido en la mano,  so puta?

Eva escondió el móvil.

Tenían que estar en el portal; ya subían, seguro.

— ¡¡Les has llamado, cagondiós!! —repitió él, cuchillo en mano.

Llegaron a las siete. La sangre coagulada de Eva irisaba el linóleo del piso de la cocina cuando entraron.

Ya no respiraba.

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