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El espejo por SGCI.

 

Apuró una última calada al cigarrillo sin filtro que sostenía distraídamente entre sus dedos mientras observaba, de espaldas a la cama, con una mezcla de vanidad y repugnancia, el efecto que el parpadeo del luminoso del local a pie de calle causaba en aquellas largas piernas reflejadas en el espejo de la puerta abierta del armario, desnudas. Apagó la tagarnina -lo que quedaba de ella- espachurrándola en el foso del cenicero caparrosa de Cinzano y se puso en pie. En el ambiente, el humo se mezclaba con el olor a rancio y la humedad de aquél infame cuartucho, y lo único que se escuchaba era el tintineo de la cadena del ventilador del techo encendido golpeando contra el latón de la cazoleta, justo encima del catre sobre el que yacía su última víctima. Se acercó a la ventana de guillotina y levantó una cuarta la hoja inferior. Tomó una ducha, sin prisas; prefirió secarse al aire antes que usar una de las nauseabundas toallas del hostal.

Terminó de vestirse.

Echó un vistazo a su alrededor sin detenerse en aquella figura inerte, abandonó la habitación, y la estela de sus piernas se llevó consigo el eco de sus zapatos de tacón.

 

 

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5 comentarios

Ana C. Amorrich -

Un relato redondo, muy sensual y sugerente (espero que tras SGCI se esconda un nombre de mujer) Felicidades.

José Andrés -

Fenómeno.

José Andrés

Manuel Bayón -

Qué bueno el cenicero de Cinzano...

Ángel M. -

¡100 por 100 Novelpol!¡Suerte!

Antonio Cea -

Extraordinaria la escena, la atmósfera, los elementos de la habitación, el parpadeo del luminoso, el tic-tic y las aspas del ventilador, el personaje observando el espejo, la duda de si mira sus propias piernas cuando descubres que es una mujer, el final... sus piernas alejándose y el sonido de sus tacones... Es como si lo hubiera visto y oído en lugar de leerlo.
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