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Defensa Propia de Pedro de Paz

La luz azul de los rotativos destella sobre las paredes del callejón. Los agentes deambulan de un lado para otro alrededor del cadáver. El inspector Tejada aspira una calada de su cigarrillo mientras observa la escena apoyado sobre uno de los coches patrulla. De las ventanas próximas llegan los ecos de un saxo cuya ejecución perpetra alguien poco avezado. Harlem Nocturne de Earle Hagen. «Mierda —piensa Tejada—, desde la serie Mike Hammer todo el mundo se cree con derecho a destrozar la puta canción».

 

—Tres disparos. Dos en la espalda y uno en la cabeza. A quemarropa —anuncia Alonso sin la menor emoción.

—No —musita Tejada.

—¿No?

—No. Pondrás que fue a varios metros de distancia. Yo alegaré defensa propia.

 

Alonso sonríe con desgana.

 

—Los de la espalda van a ser difícil de justificar.

—Me da igual. Rellena el informe y pon lo que te he dicho.

—Pero…

—Ni pero ni hostias. Ese no volverá a poner la mano encima a ningún otro niño.

 

Tejada abre la cartera y contempla las fotos de sus dos hijos. Luego, alza la mirada para posarla con desprecio en el cuerpo derrumbado en el suelo. Quizá haya sido, en efecto, en defensa propia.

 

 

 

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