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Sixteen Tons de Pedro Avilés

Entró una vez más en el salón repleto de dolientes y observó el ataúd con la chiquilla dentro. Tan bonita. Que hijo de puta tan grande el que quebró sus huesos tiernos, aquel que holló sus carnes, sus redondeces impúberes, sus huequitos mórbidos. La luminosidad del traje de comunión con que la había amortajado su madre transmitía a su carita un halo de paz serena; la muerte, pensó con horror. El día pintaba oscuro. Es lo que queda de toda una noche de vela.

— ¿Qué dice la Policía? —preguntó alguien por preguntar algo.

— Nada —contestó él, compungido. Cuanto más cercano a la niña se estaba, con más conmiseración le miraban a uno.

— Es la hora —añadió, sintiéndose como Ernie Ford.

— Ocúpate, Manuel —le autorizó el padre de la occisa, su amigo más íntimo.

Le indicó al de la funeraria que tapase el ataúd. La madre gimió queda, discreta, ausente.

En el cementerio, Manuel suspiro con el chirrido del ataúd entrando en el nicho tenebroso, las manos a la espalda. Esto facilitó la maniobra del funcionario de Policía con los grilletes. Se volvió, le miró a los ojos. Eran negros y dulces. Ese hombre le había quitado dieciséis toneladas de encima.

 

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