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Presentación en Bilbao de "Sólo un muerto más" de Ramiro Pinilla por J. Javier Abasolo

Presentación en Bilbao de "Sólo un muerto más" de Ramiro Pinilla por J. Javier Abasolo

Buenas tardes a todos y muchas gracias por acompañarnos en esta presentación, arratsaldeon guztioi eta eskerrik asko etorzeagatik.

            Cuando me ofrecieron presentar la última novela de Ramiro Pinilla no lo dudé ni un momento, presentar a alguien que tiene un significado tan grande en el mundo de las letras vascas, y españolas en general, era para mí un honor, pero posteriormente, cuando me di cuenta de lo que había hecho al aceptar, empezó a entrarme un sudor frío, algo así como lo que Jorge Valdano, el ex futbolista del Real Madrid, denominaba “miedo escénico”, porque, ¿qué puedo decir sobre Ramiro Pinilla que no se haya dicho antes que yo, y mucho mejor, incluso? Por eso decidí saltarme el guión y en lugar de hablar elogiosamente del autor, como por otra parte corresponde hacer en este tipo de actos, no por creer que no se merece los elogios sino porque están ya todos dichos, me ceñiré estrictamente al contenido de su novela, Sólo un muerto más, que al fin y al cabo es a lo que hemos venido, a hablar de esta novela.

            Y lo primero que hay que decir, aunque ya sea conocido, es que estamos ante una novela negra, una novela negra que transcurre en Euskadi, más concretamente en Getxo, en los años 40, poco después de que finalizara la Guerra Civil con el triunfo de las tropas del general Franco. Y esta alusión al género en el que se puede encuadrar la novela y a la época en la que transcurre no es baladí. Cuando hablamos de novela negra nuestros pensamientos, los de quienes amamos el género, y está claro que Ramiro Pinilla, si nos leemos con atención su novela, es un buen conocedor y amante de los grandes escritores que le dieron forma, se dirigen, casi de modo inconsciente, a los clásicos norteamericanos, a aquellos autores y cineastas que en la época dorada en la que el género surgió como una de las expresiones literarias y cinematográfica más válidas y efectivas para explicar las convulsiones políticas y sociales que nacidas en el pasado siglo XX siguen estando presentes en el actual, supieron retratar esa sociedad sumergiéndose, precisamente, en su lado más oscuro. Y aunque el género negro ha demostrado su vitalidad adaptándose a los diversos países, épocas y sociedades por las que ha transcurrido --todos los días podemos contemplar en los estantes de las librerías novelas de autores contemporáneos de diferentes edades, nacionalidades y orígenes culturales que han adaptado a sus estilos, vivencias y necesidades ese tipo de novela nacida en los Estados Unidos de la Gran Depresión--, es muy difícil olvidar que nuestras primeras lecturas fueron las de clásicos americanos como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, James M. Cain o Ross Macdonald y nuestras primeras películas estaban dirigidas por John Huston y protagonizadas por Humphrey Bogart, Edward G. Robinson o Lauren Bacall, no hace falta ser excesivamente mitómano para admitir esto. Se trataba, por lo general, de novelas y películas ubicadas en las convulsas décadas de los años 30, 40 o 50, con el telón de fondo de las secuelas de los desórdenes económicos y sociales generados por la crisis de finales de los años 20 o los avatares de la posguerra y los rescoldos del nazismo y la posterior guerra fría, en las que se nos mostraba un mundo gris, un mundo en blanco y negro, como las películas a las que anteriormente he aludido, en el que la gente bastante hacía con intentar sobrevivir. Ése mundo, de algún modo, fue el mundo primigenio en el que se movió el género negro y al que tanto autores como lectores suelen volver los ojos de vez en cuando al constituir una referencia ineludible incluso para quienes lo están renovando constantemente, no en balde se suele decir que es necesario conocer a los clásicos aunque sólo sea para transgredirlos.

            Pero si al volver la vista atrás en lugar de posar nuestros ojos en los Estados Unidos los dirigimos a territorios más cercanos podemos darnos cuenta de dos cosas. En primer lugar que la Euskadi de aquellos años no tiene nada que envidiar, como escenario de relatos de serie negra, a la patria de W. R. Burnett o Jim Thompson. Podríamos ver, si eso hiciéramos, un país humillado, derrotado, con los edificios aún en ruinas como testigos mudos aunque suficientemente expresivos de una cruenta guerra, con unas autoridades cuyo poder además de ilegítimo era ilimitado y con una miseria no sólo económica sino moral. Un país en el que la consigna era, simplemente, sobrevivir, aunque sin saber muy bien para qué, un país, en definitiva, de lo más apropiado para ser narrado con los instrumentos que nos proporciona género negro, pero en el que sin embargo, y ésta es la segunda cosa que podríamos constatar, durante muchos años no se publicó ninguna obra que pudiera catalogarse como negra, al menos ninguna obra cuya trama se desarrollara en nuestro país y con nuestra problemática. Varios son los motivos para ello, por una parte aún subsistía la idea de que el policial era un subgénero que no tenía nada que ver con la “literatura seria”, pero sobre todo por la ausencia de libertad. La novela negra, como expresión literaria que bucea en los más oscuros rincones de la sociedad es crítica por definición, y cuando no hay libertades toda expresión cultural o artística con veleidades críticas es marginada cuando no directamente reprimida.

            Casi seis décadas después Ramiro Pinilla, tan buen conocedor de los resortes de la literatura como, sobre todo, del alma humana y del país en el que le ha tocado vivir, ha ajustado cuentas con esa historia, que es también la nuestra, por medio de una novela, Sólo un muerto más, que rinde homenaje al género pero no se limita a eso sino que es una auténtica novela negra ambientada en los años 40 en Getxo, en ese Getxo tan suyo que a fuer de mítico ha llegado a ser más real que el que todos conocemos o pretendemos conocer.

            Antes de que se inicie la guerra dos hermanos gemelos, Eladio y Leonardo Altube, sufren un ataque y son encadenados a una argolla de la playa de Arrigunaga, a la espera de que la subida de la marea haga su trabajo y les convierta en cadáveres. Finalmente sólo uno de los dos gemelos fallece, Leonardo, mientras que su hermano Eladio es salvado in extremis. La guerra civil, que empezaría al cabo de poco tiempo, y el desinterés general por averiguar lo que de verdad había ocurrido hace que el crimen quede impune y ése parecía ser su destino hasta que el empeño de un joven librero de la localidad que diez años después de que sucedieran los hechos decide iniciar por su cuenta y riesgo una nueva investigación, vuelve a agitar lo que parecían las tranquilas aguas del olvido.

            Sancho Bordaberri, el mencionado librero protagonista de la novela, es un personaje quijotesco en un doble sentido. Por una parte, debido a su empeño en luchar contra viento y marea, ante la indiferencia o incluso la hostilidad de su entorno, para esclarecer el crimen sufrido por los hermanos Altube. Y por otro lado en un sentido no ya metafórico sino prácticamente literal, porque lo mismo que el caballero Alonso Quijano, seducido o quizás sería más propio hoy en día decir abducido, por su lectura de las novelas de caballería decide convertirse en caballero andante, son así mismo las lecturas de Bordaberri las que le impulsan a convertirse en detective. Sancho es un librero tan apasionado de las novelas de Hammett y Chandler que en un primer momento decide convertirse en escritor para emular a sus ídolos; desgraciadamente sus cualidades literarias no están a la altura de su entusiasmo y todas sus novelas son rechazadas por las editoriales más importantes. Por eso decide dejar de escribir sobre el papel y empezar a escribir, como él mismo dice, “con la vida”, transmutándose en un detective llamado Samuel Esparta como homenaje a su idolatrado Sam Spade, e investigar ese crimen que por haberse cometido poco antes del inicio de la Guerra Civil había quedado archivado entre los casos sin resolver. Con este punto de partida que en manos de un escritor menos hábil hubiera dado, como mucho, para una parodia, Ramiro Pinilla nos describe, como nos describieron los grandes autores a los que homenajea, las miserias de esa sociedad que acababa de salir de una cruenta e incivil guerra.

            Samuel Esparta hará suya la romántica definición de Chandler sobre los detectives nacidos a la sombra de la Gran Depresión y se convertirá en ese caballero andante que como un nuevo Don Quijote luchará contra los molinos de viento representados por la corrupción, el autoritarismo y la injusticia e intentará “desfacer” los entuertos creados por la codicia y ambición humanas. Se trata, de todos modos, de un quijote lúcido, ya que en todo momento es consciente de la época en la que vive y de la situación que padece, no ya él en persona, sino todo su pueblo, toda la sociedad. No hay engaño posible, en ningún momento confunde los molinos de viento con los gigantes, pero decide igualmente arremeter contra ellos porque piensa que es más digno actuar como si fueran gigantes que aceptar que son tan sólo molinos de viento contra los que no merece la pena luchar, tal vez por ser consciente de que en esos momentos de miseria y desolación su dignidad es lo único que puede mantenerle a flote.

            Pero Sancho Bordaberri, con ser el más importante de los protagonistas de la novela, no es el único. La novela de Ramiro está llena de personajes tan bien dibujados que se nos hacen creíbles, dejan de ser los personajes de ficción que realmente son para pasar a ser las personas que podrían haber sido, empezando por Koldobike, el sanchopanza de este nuevo quijote, su ayudante en la librería y quien intenta, al igual que hace Sancho Panza con Alonso Quijano, introducir un mínimo de sensatez y sentido común en su jefe. Pero esos intentos por atraerle a la tierra no le impiden secundarle, incluso con entusiasmo e imaginación, en sus proyectos, quizás porque al igual que Sancho Bordaberri se da cuenta de que su única posibilidad de redención es mantener a toda costa su dignidad como ser humano, aunque eso implique participar en una investigación criminal que según pasa el tiempo deja de ser un juego y empieza a convertirse en un auténtico peligro. Aunque también es cierto que hay algo más que una devoción laboral a su jefe por parte de Koldobike y entre ellos dos se origina una, no excesivamente explícita pero sí lo suficientemente insinuada, relación afectiva o sentimental que por mi parte, debido a que en el fondo soy un romántico pese a cultivar también el género negro, confío en que llegue a buen puerto en alguna próxima novela.

            Hay otros muchos personajes, de diferentes características, con el que se completa el puzzle de esta novela. Eladio Altube, el hermano que sobrevivió, un hombre preocupado tan sólo por medrar económicamente, siempre ideando nuevos negocios en los que él se lleve la mejor parte, aunque para ello tenga que pactar con los vencedores, don Manuel, el maestro, que se niega a pensar, ingenuamente, que un vasco pueda matar a otro vasco y por eso intenta convencer a Samuel Esparta de que todo tuvo que ser un accidente o una broma que se le fue a alguien de las manos, un personaje entrañable que afortunadamente no ha conocido esos tiempos posteriores en los que hemos podido constatar, en más ocasiones de las que nos hubiese gustado, que sí hay vascos que matan a otros vascos. O personajes como Luciano Aguirre, el jefe de una partida de matones falangistas que en esta novela hace las funciones de la policía en las novelas norteamericanas. Si habitualmente el detective protagonista tiene que enfrentarse a la oposición de unos maderos celosos de su poder y competencia, sancho Bordaberri tendrá que vérselas con una banda de falangistas que no quieren que prosiga con la investigación, no tanto porque les moleste o preocupe la misma sino porque ellos son el poder y nadie puede intentar hacer nada a sus espaldas. Luciano Aguirre es, además, un poeta, o al menos un hombre que se cree poeta, siguiendo esa máxima joseantoniana de que España debía ser un país de poetas mitad monjes mitad soldados, lo que por otra parte no le produce ninguna inquietud moral cuando se lucra con el estraperlo y que, de algún modo, se sumerge, al menos “literariamente”, en la novela-investigación que Sancho Bordaberri está viviendo-escribiendo en la realidad lo que acaba convirtiéndole, paradójicamente, en su protector, aunque se trate de un protector del que uno no pueda fiarse nunca del todo. Y por último, para no extenderme demasiado en ese estupendo racimo de personajes que nos ofrece Ramiro en su novela, tenemos a Bidane Zumalabe, la mujer de Eladio Altube, siempre sumisa y callada, pero con una fortaleza interior que finalmente saldrá a flote. Una mujer callada y aparentemente sumisa, siempre atenta a las necesidades de su impresentable marido, pero que atesora en su persona la sabiduría y la fuerza de quienes, pese a las circunstancias, no han renunciado a su dignidad y que sabrá actuar, cuando llegue la hora, de un modo muy diferente a cómo pensarían quienes que la han catalogado, como yo mismo acabo de hacerlo, simplemente como una mujer callada y sumisa.

            Los personajes que he citado son tan sólo una muestra de los que pueblan la novela de Ramiro Pinilla, pero permítanme decir que en esta novela el personaje, la persona más importante, es el propio Ramiro Pinilla, así que le cedo el testigo, convencido de que sus palabras serán mucho más interesantes y esclarecedoras que las mías. Muchas gracias, de nuevo por su atención. Eskerrik asko berriro.

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Por José Javier Abasolo

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