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Un golpe por Jokin Ibáñez

La joyería estaba ya desierta. Txema, con su extraordinario parecido con el consejero de sanidad, bien peinadas las canas, abrió el camino. Joseba y yo, uno a cada lado, le librábamos de todo mal.

La pipa brincaba en mi sobaco. Joseba llevaba la recortada cruzada en la espalda y Txema se encargaba de la bolsa y del martillo.

El propietario, un pimpollo todo reverencias, se nos acercó rompiéndose la espalda al saludar. Seguro que iba a necesitar un buen masaje. ¿Se lo daría la morenaza que se quedó tras el mostrador acristalado?

Txema extrajo el martillo y con un solo golpe montó un lío descomunal. La vidriera estalló en brillantes pedazos, arrastrando gemas, relojes, collares y pulseras. La sirena de alarma aulló, destrozando los tímpanos, hasta la locura. El seco ladrido de la recortada detuvo el impulso del guarda jurado, un tipo guaperas, chulo, joven y, por lo visto, novato. El reverencias cayó al suelo. La tía morena no se calló, chilló.

Otro guarda tripón apareció por la puerta de un baño disimulado al fondo, pipa en mano, la bragueta abierta de par en par, mostrando un calzoncillo amarillento.

Le disparé un par de tiros.

Y fallé.

Pero él no.

 

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