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ULTIMO GANADOR DEL JUSTO VASCO

 A LA VIEJA USANZA

 

-Por el uniforme lo juro, señoría, yo no vi a nadie.

Eso amorrada la cabeza, dices: que aquella noche, negra como cole­tazo fúnebre,  a nadie viste, ni torta, habiendo tenido a los tres delante de tus narices.

Espero que el día del juicio final ningún demonio sopese las marrullerías humanas. Delante de tus narices huyeron los tres: Teodoro Gómez, su hijo Mariano. Torcuato, el sobrino. Y añades con cara de huevo frito que tampoco conoces al castrado: “un rostro extraño, se­ñoría, uno de los muchos macarras que zanganean por los suburbios”. Nada de rostro extraño, agente. Enfilado lo tenias desde el día que apareció por la barriada, con el punto de mira puesto en sus gestos de alimaña. ¡Asombroso cinismo el tuyo! Habías visto a los tres y conoces además, al navajeado. Convencido por intuición de que no era trigo limpio, de que alguna noche pudiera suceder lo que ha su­cedido, los pasos le seguías discretamente. ¿Cómo juras ahora que...? A ti, tipos de esa calaña nunca se te cuelan por la puerta falsa.

Su atuendo desaliñado, el pendiente de bisutería de la oreja iz­quierda, la coleta de pelo mugriento sujeta con una goma sobre la espalda, la manera de mirar como si no mirara... todo te mantenía en el balcón de la sospecha.

Eres perverso, agente, un callastrón de energía trágica frente a las burradas del avispero humano, hombre sin misericordia cuando clavas contra algún delincuente el arpón de tus ojos. Seguro que la noche que violaron a la hija de Teodoro Gómez, esa misma noche, ya conocías el huevo y la gallina que lo puso.

 

Y lo tuyo era evitar venganzas personales, eso era lo tuyo, pero ha­bías contemplado la expresión angustiosa de un ángel masacrado, de una niña de doce años violada en la oscuridad, y mientras mirabas de cerca sus ojos como dos mástiles de asombro, notaste que tenía un rostro, un tipejo parecido al de tu hija Matildita que bien pudo tocarle la china a ella, y se te olvidó la disciplina, las jerarquías, las normas escritas, los consejos verbales, permitiendo que los ofendidos actuaran libremente. El fulano de coleta, cochino pederasta, merecía mayor castigo que el que imponen los tribunales y has dejado, cruzándote de brazos, que los verdugos tomaran la iniciativa.

-Por el uniforme lo juro, señoría; yo no vi a nadie.

¿A nadie, agente? En el infierno hubieses reconocido a Teodoro Gó­mez, a su hijo Mariano, al sobrino. Sucede que eres un matrero, que te alegraste cuando el violador sangraba piernas abajo, con las ma­nos en las ingles, gruñendo como marrano matancero, y no quisiste cumplir con tu obligación.

En la comisaría estabas, dormitando en un sofá de cretona, solo, absolutamente solo, cuando sonó el teléfono. Era voz atropellada de mujer: "desde mi ventana, todo oscuro, nada se ve, pero escuchamos gritos, auxilio, auxilio, mismamente en el camino de las chabolas, al pie de la higuera, como si estuvieran matando a alguien", y acu­diste al lugar de los hechos rodando con parsimonia, acariciando e1 volante bajo bloques de ladrillo como ataúdes superpuestos, sin pe­dir ayuda a la patrulla volante, derecho que te asistía. Y cuando estabas cerca de la higuera, frente a la risa negra de las navajas, perfectamente distinguieron tus ojos a los tres jiferos, caminando en sentido contrario al tuyo, hasta perderse en la oscuridad.

-Por el uniforme lo juro, señoría; yo no vi a nadie.

Por el uniforme y por la carabina de Ambrosio. Era noche oscura, los agresores cubrían el rostro con pasamontañas, se perdieron entre carcavuezos, entre escombreras donde podías perseguirlos a cuatro ruedas, tampoco abandonar al herido, se hubiera vaciado, pero los tres huyeron cerca de ti, casi rozándote los ojos. Además, sobradamente sabes que no pudo tratarse de otros. El tío de la coleta firmó su propia condena la noche misma de la violación.

Corriendo a cien por hora, camino del hospital, tu diligencia le ha salvado la vida, pero nada de celo profesional. ¿O quieres que te cuelguen también una medalla? Tú sabes que para un hombre hay algo peor que la muerte. Vivir sin atributos varoniles y ese ha sido desde el primer momento tu objetivo.

"¿Quién, quiénes?”, le preguntarías, disimuladamente, inquisitivo, durante el trayecto. “No sé, estaba oscuro, llevaban pasamontañas", respondería lastimero, quejido va, quejido viene, y tú, por dentro, “pues te vas a joder, hijo de Perra; yo tampoco pienso soltar prenda”.

Y no la has soltado, ni vas a soltarla, porque no te da la gana, porque ese es tu estilo desde que la vida te puso en marcha, porque te acuerdas de la hija de Teodoro Gómez, un rostro, una fi­gurilla perecida a la de tu Matildita, y ese paralelismo físico, unido al asco visceral que te provoca cualquier violación, multipli­ca el odio. ¿El reglamento? Por el trasero te pasas los reglamentos en estos casos, la subordinación, las leyes, los decretos, las consignas, el rey de copas y la sota de bastos. Vasija de gozo se te derrama por dentro cuando delante del juez, pertinaz, con estudiado cinismo, afirmas:

-Por el uniforme lo juro, señoría; yo no vi a nadie.

Y así han de quedar las cosas: al fulano de la coleta, castrado, un peligro menos, una amenaza rota; tú, dentro de un rato, cuando concluya la declaración, en el bar de Pascual el Sordo, delante de una jarra de cerveza, a la espera de casos nuevos.

¡Curiosa historia de marrullerías, la tuya! Como cuando amaneció ahorcado el hijo de la peluquera, el que camelleaba con heroína, que pregonaste a los cuatro vientos un ajuste de cuentas, sabiendo perfectamente de qué casa, de qué armario, de qué gaveta había salido la cuerda; o cuando se te mete en la cabeza limpiar el barrio de trollistas y zacarratines, siempre con zancadillas nuevas, no por ingeniosas menos ilegales. ¡Qué asco te produce la palabrería ne­cia, el lenguaje hortera de los perdularios! Nunca hubo chuloputa que te descabalgara el ánimo. Un torno de dentista tienes por cora­zón. El mecánico te llama en la criminal por tu habilidad para apretar tuercas. Hablas con individuos amorfos, con lloraduelos, gente mansurrona y qué amabilidad la tuya, qué paternalismo, te topas con camellos, con navajeros, con violadores y, ¡zas! aplastados como cucarachas.

Mal encaja tu radicalismo en la barriada que te ha caído en suerte: hormiguero desordenado, mar atestado de náufragos, maraña de niña­tos salidos y prostitutas que hambrean.

Difícilmente casa el hombre que ahora jura en falso con el que me saluda algunos domingos en misa de doce y después se marcha a jugar al mus con don Julián, el párroco.

¿No se te queda grabado el sentido básico de sus sermones? Todos hermanos: el hermano proxeneta, el hermano pederasta, el hermano terrorista, el hermano atracador, el hermano pirómano, el hermano sicópata, el hermano alcohólico, el hermano mercenario, el hermano violador, el hermano matutero, el hermano que intenta ligarse a tu mujer, el hermano que firma cheques sin fondo… ¿O también al otro reglamento, el de altura, te resbala?

-Por el uniforme lo juro, señoría; yo no vi a nadie.

Habías visto a los tres y has vuelto a verlos luego, la última vez hace un par de horas, rostros confidentes reflejados en jarras de cerveza. Pero no se te va de la mente la muchacha violada, una nena preciosa, como tu hija, tampoco el fulano de la coleta, 1il gusano de muladar, carroña putrefacta, y por eso, considerando la penitencia ajustada al pecado, has hecho un pacto de silencio con ellos, olvidando que eres brazo de la justicia.

Yo, tu comisario jefe, hombre anegado, acaso más que tú, del dolor de cada día, no creas que estoy en la inopia. ¿O piensas que yo es­toy en la inopia? Mientras hablas, mientras perjuras, dentro del al­ma siento el tirón de la ley y me viene un deseo fuerte de desnudar­te públicamente, de gritar que mientes.

Pero has tenido suerte, amigo. También mis ojos han mirado de cerca las pupilas de la muchacha violada, también mi espíritu se desborda de ira cuando suceden estos actos abominables. Por eso, mientras el juez reclama atención, aval a tus palabras, la conciencia se me nubla, dentro de tu espíritu me meto y, opado, más hombre que comisa­rio, respondo:

-Si este agente jura por el uniforme, señoría, seguro que no ha visto a nadie.

 

Manuel Terrín Benavides (Albacete, España). GANADOR 2010.

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